domingo, 22 de julio de 2018

Playa para los demonios


El sábado en la tarde decidí ir a la playa para apaciguar los demonios. Mi cabeza me había estado dando batalla por horas y sentí que tal vez dejar el encierro me daría un poco de tregua. La playa estaba completamente llena y María decía que seguramente eso se debía a que acababan de inaugurar el Hilton a unas pocas cuadras. Pero la gente que estaba en la playa no parecía ser precisamente cliente del Hilton. Además, la presencia de las barcas hacía evidente que las personas estaban siendo llevadas y traídas desde el Rodadero donde, muy posiblemente, no debía caber un solo alma más.

El clima estaba fresco, nublado. La gente se veía contenta bajo el cielo gris y nublado.

Llevé una toalla y me senté en medio de algunos de los grupos de familias en un punto vacío. Mis piernas colgaban sobre una pequeña pendiente que se formaba entre el mar y la arena que se conservaba seca. Era como estar sentado en una anden el agua y la playa.

Yo simplemente quería mirar. Dejar que mi cabeza se desocupara. En dirección a la ciudad podía ver un grupo de jóvenes casi adolescentes. Uno de ellos tenía una pantaloneta color aguamarina que hacía que siempre estuviera presente en el espectro visual. Además estaba siempre acomodándosela. Los muchachos competían en actividades físicas para entretenerse: se tocaban, se empujaban, saltaban, volaban unos por encima de otros para aterrizar en el mar y estrellarse contra las olas. Ese parecía ser un juego habitual de los playistas.

No me sentía solo, pero si era el único turista completamente blanco color apio y el único ser humano en esos kilómetros de playa que no tenía compañía. Excepto por él.

Llegó en bicicleta cerca de las cinco de la tarde. Ya estaba a punto de oscurecer. Se sentó en el mismo borde de la pendiente en el que estaba yo. Puso su caballo de acero sobre el suelo y comenzó a quitarse los zapatos, unos Converse amarillos. Lo observé mientras me mecía solo desde unos metros adentro en el mar.

Me fijé en él porque una ola casi se lleva uno de sus zapatos. El agua llegó sorpresivamente hasta sus pies y él, azorado, atrapó el Converse furtivo y lo puso a salvo. Cuando se sentó, dejé de mirar sus pies y puse la mirada por primera vez en su rostro. Supe que era él.

Lo vi en sus ojos negros y en sus cejas pobladas y gruesas. Era él, no se qué era, pero él lo era. Algo me lo decía en su bigote curvado y su sonrisa, en su boca pequeña y alegre.

Desde ese momento no pude, ni quise, quitarle los ojos de encima. Eso me hacía sentir incómodo, aunque a él no pareció importarle después de que se hiciera evidente.

Entró al agua y comenzó a jugar con las olas. Las pocas veces que he estado en Santa Marta he visto que ese parece ser un pasatiempo de los vecinos de la ciudad. Al medio día salen de sus trabajos en la zona y se acomodan en grupos simplemente a tomar un descanso y jugar con el mar. El chico cada vez que veía una ola sonreía. Me miraba y me extendía la cortesía de avisarme venía y era grande. Cuando una se acercaba, se volteaba hacia mí, esperando que yo también jugara. Toda su pequeña humanidad color canela brillaba cada vez que se sumergía y luego volvía a emerger triunfante de la cresta café del mar.

Del agua salía de nuevo sonriente como si se hubiera enfrentado a un tiburón enemigo. Jugueteaba, corría, iluminaba el mundo y volvía a mirar al horizonte con la esperanza de que el agua se levantara de nuevo. Así estuvo por un rato. Luego se hizo de noche.

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