La semana pasada mi jefa me mandó de trabajo a Bucaramanga. No conocía la
ciudad y los pocos amigos que tengo que son de allí no suelen viajar en esta
época del año. Por eso las perspectivas de tener a alguien que me acompañara a
comer o dar un recorrido por la ciudad eran nulas. Sin embargo, el viernes en
la sala de abordaje –después de terminar de revisar la última documentación que
me faltaba para iniciar el trabajo el lunes— divisé de pie frente a mí,
observando los aviones que despegaban y aterrizaban, a Bernardo.
Armando, el taxista, me dejó en el aeropuerto y después de hacer todos
los trámites necesarios y de un día de apuro alistando maleta y estudiando me
senté en la sala de espera a terminar de revisar las guías para el proceso.
Estaba bastante ansioso así que no logré concentrarme por lo que decidí cerrar
el computador y me dispuse a ver por la ventana los aviones que aterrizaban y
despegaban. Levanté la cabeza para hacer esto cuando el arquitecto apareció en
mi campo de visión vestido de blanco.