jueves, 31 de diciembre de 2015

Temor a la muerte


El jueves llegué con mi mamá a la casa de los abuelos antes del mediodía, el día estaba gris y llevaba toda la mañana amenazando lluvia. El interior del apartamento de mis abuelos parecía más frío y gris que la misma ciudad. Verónica nos dejó entrar y volvió al lado del abuelo. A su lado estaba mi abuela sentada en el sofá rezando el rosario.
La abuela tenía los ojos vidriosos, pasaba los dedos por la camándula y miraba por la ventana mientras que el abuelo repetía las oraciones llorando profusamente. Verónica, la enfermera, nos dijo que el abuelo había estado en ese estado de ánimo ya por un rato y que le había pedido a la abuela que rezaran. El abuelo decía que tenía mucho miedo porque sentía la muerte muy cerca y también sentía que había sido una mala persona. Él sentía que tenía que aprovechar para rezar antes de que llegara la muerte para así poder irse para el cielo. El abuelo también le había dicho a Verónica más temprano que Tulia y Luzmila –sus hermanas mayores y las que más lo consentían cuando estaba pequeño– habían venido a visitarlo y le habían dicho que pronto se iban a encontrar. De unos años para acá, desde que el abuelo empezó a tomar medicinas para el Parkinson este tipo de visitas se han vuelto frecuentes. Por un rato todo se volvió repetitivo y confuso, la abuela seguía rezando el rosario para calmar al abuelo, Verónica le frotaba las manos para calentárselas.

domingo, 27 de diciembre de 2015

Cincuenta-cincuenta


Gloria continúa alentándonos a ir a la clínica. Mamá y yo pensamos que tanta gente sentada con caras largas frente a una cafetería es algo un tanto deprimente. Preferimos esperar en casa. La abuela está en misa. Anoche, en casa del tío Carlos después de la seria reunión familiar, Alix nos narró las seis ocasiones en que los ladrones habían atracado la casa en donde vivía en Pijaos cuando mi tío Fabio estaba de viaje. En esa época mi tío Carlos y mi tío Fernando tendrían 15 y 16 años. Nos reimos por primera vez en tres días. Mientras hablaban, recordé lo extrañas, pero fantásticas, que eran las celebraciones familiares allá, en el sur de Bogotá, cuando la casa se llenaba de niños, primos, y necesitábamos que una parte de la familia se quedara vigilando los carros porque El Barrio era muy peligroso. También tengo el recuerdo de asomarnos todos juntos a la medianoche a ver el panorama de la ciudad: la noche gris cubierta en destellos de pólvora, el ruido interminable de los totes y los voladores, la juventud de varias decenas de primos en varios grados, tíos, nueras, yernos, amigos y mis abuelos. Ya casi todos los hermanos, los hijos de Rosa y Heriberto están algo calvos. Mafe se casa en enero con Raco, Angie vuelve a Bolivia con Guillermo, Leo tiene a Fabiana ya casi de dos años. El abuelo aparece en unas fotos que Alejo me envió y que rotaron por el grupo de Whatsapp. Mira directo a la cámara detrás de un grupo de niños que gritan y cantan junto a un ponqué. En esa foto tiene barba y el pelo largo hasta el cuello, tendría unos 50 años. La abuela aparece al lado de él con un vestido vinotinto, un collar dorado y la piel clara. Le mostré la foto a la abuela y me dijo que ese era Gustavo. Le dije: "No abuela, es el abuelo". Se quedó mirándolo con extrañeza por un rato y seguimos charlando de otras cosas. 

Llamo a mamá pero no contesta el teléfono, seguro se quedó en misa con la abuela. Al medio día ya debemos tener noticias, sabremos si el abuelo vive o si muere, si se queda en cama o si se recupera y vuelve a caminar. 

Cincuenta-cincuenta son las posibilidades.


domingo, 6 de diciembre de 2015

Los sueños de Lolo



Hace cuatro noches soñé con Juan. Yo estaba en una casa antigua donde había una fiesta un domingo al mediodía. Lo veía desde lejos acercándose, tal como lo recuerdo de la noche en que me enamoré de él en la discoteca. Pero en el sueño no tenía una sonrisa como ese día. Estaba disgustado con el ceño fruncido. “Tengo que vengarme de ti, es lo justo por haberle enviado ese correo electrónico a mi ex con fotos nuestras” me dijo con rabia. Intentó empujarme por un peñasco pero no lo logró y la última visión que tuve de él era su cuerpo arrollado por un tren.

Hace dos noches soñé con Ronald. En el sueño él venía a Bogotá a comprar un apartamento. Estaba contento y sonreía porque siempre había querido vivir aquí. Visitamos varias locaciones y luego desayunamos. Yo lo miraba intentando encontrar las características del hombre que conocí hace ocho años y a quién he vuelto a ver. Una mosca lo picó y Ronald se enfermó en el sueño. Corrimos a un hospital y antes de despertar lo vi en una camilla, me juró que iba a estar bien, que el problema no era su cuerpo sino los desgraciados mosquitos del trópico.

 Anoche Carlos soñó conmigo.
—¿recuerdas ese cuadro de Manet, Le Déjeuner sur l'Herbe? Me preguntó.
—Por supuesto que lo recuerdo, le dije.
—Pues fue así. Bueno, así era el asunto, solo que estábamos vos y yo en el Parque Nacional. Vos estabas desnudo y recuerdo que hasta te preguntaba si no tenías frío. Me dijiste que solo en los pies y yo me quité los zapatos para que te los cubrieras. ¿Hay algo más absurdo que estar con alguien desnudo y que la única prenda que uno le preste sean los zapatos?