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miércoles, 18 de octubre de 2017

El espejo borroso del recuerdo

Ron me habló ayer de sus planes como si ya me los hubiera contado, como si en un chat previo o en una conversación anterior hubiera mencionado algo. Pero yo no sabía de qué me hablaba cuando me daba cuenta de las noches que pasaría en Cartagena y en Medellín; cuando me contaba de las ocasiones en que la gente de Avianca le había cambiado el itinerario.

–There’s a strike or a work stop or something like that. So, there’s been a change of plans, we’ll not be able to have dinner –me escribió.

Solo le respondí que era una lástima y que nos veríamos en otra oportunidad.

Ron me había escrito el sábado para contarme que tenía una parada en Bogotá, pero yo no hice ninguna otra pregunta. Antes de responderle me fijé en que, aparte del mensaje de Whatsapp que me había escrito, también me había enviado un mensaje por Facebook y me había comentado en una foto que yo había puesto un par de semanas atrás, como si un requisito para pedirme que cenáramos fuera mostrar interés en mis publicaciones viejas. Esperé una hora para responderle, tal vez porque me temía de antemano cuáles serían sus noticias.

lunes, 29 de septiembre de 2014

La Vida Precoz y Breve de Sabina Rivas (insomnio dominguero) #honduras #méxico

Los domingos en la noche me cuesta mucho trabajo quedarme dormido. Mi cerebro no descansa, se dedica a escarbar en los rincones de la memoria en las tristes historias de cosas que he hecho mal o simplemente no he terminado. No duerme, permite que los ojos se queden fijos en la pantalla del televisor aunque él siga martillando,  comparando mi vida con las vidas de otros.

Sin embargo a veces también en medio del insomnio mi cerebro me da una tregua y me permite ver algo interesante. Se sale de sí mismo, y me permite ver otras historias aún más tristes y escuchar otros acentos diferentes al de la gente que habita las cercanías de mi cuarto. Anoche, los acentos extraños fueron los de un territorio frontera mexicano. En ese lugar, en un pueblo dominado por el tráfico de personas y de drogas es que transcurre la película mexicana La Vida Precoz y Breve de Sabina Rivas. Si no fuera por ese insomnio seguramente no la habría visto nunca.


   ***


martes, 11 de marzo de 2014

Tercer día en la piscina ¿quieren saber lo que vi?

Hoy fue mi tercer día de clase de natación. Me duele todo, tengo las rodillas raspadas, siento carraspera en la garganta y estoy totalmente agotado. En la clase de hoy el instructor nos puso a hacer tres ejercicios diferentes. El primero era hacer la flecha pero teníamos que respirar y botar el aire, sacar la cabeza, respirar y botar el aire. Luego nos puso a hacer la misma flecha pero de espaldas y no la logré. Me hundía, me volteaba, tragaba agua, no me lograba relajar. Al final tuvimos que hacer otro ejercicio que consistía en lanzarnos por encima de los flotadores largos varias veces haciendo un recorrido. Este recorrido lo hacíamos por lo menos seis veces persiguiéndonos los unos a los otros. Yo estaba al final de la línea así que yo terminé la clase, cerré el ciclo y terminé rendido.

Al terminar la clase fui a hacer la rutina normal de bañarme y vestirme. Cuando estaba casi listo para salir y me estaba poniendo las medias y los zapatos un señor de unos 40 años, blanco, rubio de ojos claros y contextura gruesa a quien había visto ayer llegó de las duchas a terminar de arreglarse. No pude hacer más sino quedarme viéndolo. Siempre he tenido una fascinación por los extranjeros, fascinación que he controlado desde hace unos años cuando decidí dejar de tirarme a los pies de cualquier europeo, argentino o new yorker. El señor venía caminando en toalla y se dispuso a arreglarse en medio de un grupo de nadadores de la clase de principiantes que se estaba terminando de vestir. El gringo dejó que la toalla se descolgara sobre sus piernas y empezó a secarse todo el cuerpo, de pie, poniendo al descubierto sus genitales. Por un momento me fijé en su cuerpo, en los pelos de su pecho y en la blancura de su piel y de su pene, luego dejé de mirarlo y recorrí el resto de la escena con la mirada. Los demás nadadores continuaban vistiéndose pero al frente de mi, uno de mis compañeros de clase --un señor con pinta de campesino mas o menos de 45 años-- tenía la mirada fija en el gringo desnudo y mojado. Le miraba la entrepierna con los ojos fijos. De repente dejó de mirar al gringo y se fijó en que yo lo estaba mirando. Dejamos de mirarnos. Yo me fui.


Espero que mañana me vaya mejor.