jueves, 28 de diciembre de 2017

Miscelánea de cosas del 2017


Tengo una hora casi para que la ropa esté lista. Mientras eso pasa miro por la ventana y pienso. El otro año veré a Paula y si soy afortunado dictaré una materia nueva en la universidad. Constantemente le doy vueltas a unos contenidos que aun no he planeado pero que me emocionan: arte. Me gusta la idea de enseñar de arte y hablar sobre arte aunque no lo haya hecho en mucho tiempo. 
Ha pasado ya un año y medio desde que entré a trabajar en la escuela. Ha sido un periodo intenso. Antes de la escuela no había tenido por mucho años algo parecido a un trabajo estable; permanecí desde la última vez que dicté una clase de inglés en un estado de freelancismo que me tuvo viajando por todos lados, ganando o mucho o nada. Ahora tengo algo cercando a una estabilidad, un grupo de trabajo maravilloso con un jefe amigo y un ingreso fijo cada mes y por eso pude comprar un apartamento. Completé la cuota inicial con mi mamá y lo compré. Y ahora soy un home owner con una hipoteca. Estoy cerca de la independencia económica y de algo parecido a una vida propia.

viernes, 17 de noviembre de 2017

La culpa del binge-watching

Durante los últimos dos años he trabajado muy duro para llegar hasta donde estoy: salí de un trabajo de mierda que tuve que hacer por necesidad en una entidad pública a trabajar como traductor para un documental que se exhibió en salas y luego pasé a trabajar como profesor en una universidad y me ha ido bien; estoy intentando dar el paso de enseñar inglés a enseñar arte u otras áreas de mi experticia aunque no lo haya hecho antes; he logrado tener un ingreso estable y he logrado exprimir cada centavo necesario para juntar una parte de la cuota inicial de mi propio apartamento –acabo de firmar la promesa de compraventa—; he sacado adelante con mis amigos un proyecto artístico que nos llevó a ser parte del sistema de curadores de Artbo y a jugárnosla en las grandes ligas; superé varias enfermedades, una crónica que tengo ya bajo control y una eventual que me llevó al quirófano; y dejé atrás relaciones malsanas que con personajes del pasado. En este momento tengo una tabula rasa, la cabeza limpia para empezar un camino nuevo.

miércoles, 18 de octubre de 2017

El espejo borroso del recuerdo

Ron me habló ayer de sus planes como si ya me los hubiera contado, como si en un chat previo o en una conversación anterior hubiera mencionado algo. Pero yo no sabía de qué me hablaba cuando me daba cuenta de las noches que pasaría en Cartagena y en Medellín; cuando me contaba de las ocasiones en que la gente de Avianca le había cambiado el itinerario.

–There’s a strike or a work stop or something like that. So, there’s been a change of plans, we’ll not be able to have dinner –me escribió.

Solo le respondí que era una lástima y que nos veríamos en otra oportunidad.

Ron me había escrito el sábado para contarme que tenía una parada en Bogotá, pero yo no hice ninguna otra pregunta. Antes de responderle me fijé en que, aparte del mensaje de Whatsapp que me había escrito, también me había enviado un mensaje por Facebook y me había comentado en una foto que yo había puesto un par de semanas atrás, como si un requisito para pedirme que cenáramos fuera mostrar interés en mis publicaciones viejas. Esperé una hora para responderle, tal vez porque me temía de antemano cuáles serían sus noticias.

martes, 18 de julio de 2017

Vacío en el tiempo #relato


La semana pasada fui a conocer a Manuel, un abogado de 38 años que me hizo reír desde el primer mensaje que me envió. Nos vimos en la Plaza de Bolívar después de que salí de la librería del FCE y caminamos hasta el café ese famoso del tipo francés, tan popular ahora, y que se ha convertido en el lugar cool del centro para ir a pasar el rato.
Conversamos hasta que caímos en cuenta de que habíamos estudiado juntos al mismo tiempo en la misma universidad y que teníamos un abanico de gente en común de esa época: amigos de nuestras carreras y de ciencia política, y antropología y filosofía, jóvenes gais –para ese momento— de los grupos de la universidad, profesores y maestros en común. Eso hacía parecer que ese encuentro, agendado a través de redes en el internet, pareciera más un reencuentro de dos viejos compañeros de academia.

domingo, 7 de mayo de 2017

Miscelánea de asuntos de la sobriedad

Cómo ya les había contado no estoy consumiendo alcohol y estas son algunas de las conclusiones que he sacado de andar en este plan:

1.    Que contarle a la gente que uno no consume alcohol es como salir del closet. Durante estas últimas semanas, o por lo menos durante este periodo inicial cuando he ido a alguna actividad social o cuando me he reunido con los amigos o cuando he conocido a alguien nuevo, he tenido que contarles que no bebo. Inicialmente su respuesta ha sido echar para atrás la cabeza y observarme con desconfianza; me miran y esperan encontrar razones traumáticas por las que no quiero tomar más cerveza. Quieren escuchar un drama profundo, una historia con gritos, mentadas de madre, un robo, un accidente, sexo casual salido a mal y lagunas mentales. De eso si ha habido pero muy poco, la verdad.

2.    Qué si uno no bebe está trabajando. La otra noche estábamos en la apertura de un evento en el espacio de arte que yo coordino con unos amigos, casi a la media noche yo estaba cansando, aunque contento y me estaba divirtiendo mucho. En esas volvimos al tema por alguna razón y después de conversar un rato, Marcela me dijo: “entonces, tú en este momento estás trabajando”. Esa idea me quedó rondando en la cabeza porque parece que hay una delimitación muy clara de lo que constituye para nosotros los momentos de trabajo y los de esparcimiento y esa línea es la del consumo de alcohol. Cuando uno trabaja no puede beber y cuando bebe es porque ya no está trabajando. Entonces ¿yo estoy trabajando todo el tiempo? Será que mi animo y mi voluntad de no beber me han condenado a estar siempre en modo trabajar?

jueves, 13 de abril de 2017

Sobriedad: ¿qué razones tengo para beber?

El 21 de febrero tuve una cirugía, nada serio. Un asunto que tocaba solucionar y nada más. No me pregunten que fue porque no les voy a contar pero ese pequeño incidente me obligó a tomar antibiótico por 10 días y a cambiar de dieta. Todo lo que como o bebo es susceptible de hacerme daño, pero ese no es el problema, el problema es que con eso viene un malestar y un dolor insoportable. Por eso, y tal vez por otras razones más no he consumido alcohol desde esa época y ahora, mientras más días pasan empiezo a contemplar la idea de no consumir alcohol del todo.
Tal vez llegue a perecer una medida drástica porque el alcohol no me ha hecho nada, pero si es un hecho que desde la cirugía no he amanecido ningún día con guayabo y he perdido tres kilos. Antes estaba en 81 y ahora estoy en 79. Eso me parece una razón válida para no alentar el consumo de alcohol.
Aparte de las razones físicas, que son aparentes, estoy intentando buscar más razones para no volver a beber, pero cuando me pregunto eso también me pregunto ¿tengo razones para beber? ¿hay alguna idea razonable que me impulse a consumir una cerveza o dos o tres o a beber cócteles o tomar ron como lo hacía antes?

viernes, 17 de marzo de 2017

La alegría de madrear


Hace un par de noches iba cruzando la calle 100 para llegar a mi casa cuando una camioneta grande, blanca, giró desde la carrera y avanzando se acercó hacia a mi. El conductor no se detuvo ni se dignó a reducir un poco la velocidad para permitirme cruzar la calle sino que me pitó y continuó avanzando. Me echó el carro encima y siguió como si nada. Yo, un simple peatón cruzando la calle en la noche lluviosa tuve que saltar para que la camioneta no me arrollara. Cuando alcancé el otro lado del andén me detuve, vi pasar el carro, y terminé de sentir cómo mi cuerpo era invadido por un sentimiento de amargura e impotencia. Una sensación que, como peatón, he sentido a menudo últimamente en Bogotá.
El carro siguió avanzando pero como había un pequeño trancón un poco más adelante tuvo que disminuir la velocidad. Ahí fue que yo vi mi oportunidad: salí a correr y me paré justo al lado del conductor de la camioneta, los transeúntes desprevenidos y los demás conductores de carros vieron interrumpidas sus rutinas de conducción y pensamiento por una sarta de improperios lanzados a voz en cuello por mí, “¡hijueputa!, ¿cree que porque tiene un carro es dueño de la vida de la gente? ¿acaso cree que porque tiene una malparida camioneta es dueña de la vía? ¿me mandó encima el hijueputa carro para venir a meterse más rápido en un hijueputa trancón?, !ojalá un día alguien como usted le eche el carro así igualito a uno de sus hijos!"


sábado, 4 de marzo de 2017

Miscelánea de asuntos del sábado: disculpas y absolución.

Yo tengo la extraña idea de que nadie me lee en Twitter. Desde que empecé con esta cuenta siempre he intentado guardar un bajo perfil, nunca me ha interesado mostrar mi rostro y tampoco ha sido mi objetivo crear un red de amigos. Lo único que yo quería cuando inventé a Lolo el Rolo era tener un espacio donde pudiera lanzar madrazos al mundo, expresar mis opiniones y hacerlo lejos de la mirada juzgona de mis conocidos, familiares y amigos. Comprendí a fuerza de golpes el riesgo que implicaba poner mis emociones en público y por eso decidí reservarme mi identidad. Muchos ahora saben quién soy pero hasta ahora –incluso en mis épocas de mayor tráfico y mayor movimiento— me he dedicado a escribir de lo que pienso y a contar historias sobre mi vida sin esperar a que alguien me las valide, ya que en serio pienso que nadie me lee y que no a muchos les importa lo que yo tenga que decir.

Sin embargo, como a veces lo que uno cree no es la realidad, me di cuenta de que alguien sí me leía. En un momento de soledad nocturno se me ocurrió poner un tweet en el que hablaba de dos personas. ¿Qué fue lo que me sucedió en ese instante? Un bache puro de melancolía y debilidad. Y luego alguna persona que me seguía vio el mensaje y decidió mencionar a una de las personas de las que yo hablaba y a su actual pareja. El tweet si hablaba de uno de ellos, pero no sobre el otro. Las dos personas mencionadas por mí no están (hasta donde sé)  relacionadas, pero la persona que los mencionó luego lo tomó así.

domingo, 1 de enero de 2017

2016: el año del cangrejo.

En Colombia se le llama “cangrejear” al acto de caminar para atrás. Uno “cangrejea” cuando vuelve con un ex o cuando se reencuentra con amantes del pasado, cuando hace cosas que había hecho antes y que, muy seguramente, no debería volver a hacer. Pues en ese sentido mi 2016 fue el año del cangrejeo, el año del cangrejo.
Desde el comienzo del año me dejé llevar por la fascinación del pasado y eso me trajo tanto cosas buenas como cosas no tan buenas. Lo primero que hice este año, después del éxito del 2015 fue regresar a continuar investigando sobre el barrio Santa Fe. Después de haberle otorgado a ese lugar y a Wilson Manríquez casi dos años enteros de investigación, entrevistas y recorridos y de haber publicado la crónica de la chaza y el chocho, volví allí. Esta vez volví con William, con Alejandro y con la Mona para seguir mirando. En 2016 hicimos recorridos fotográficos al amanecer, visitamos casas viejas, apartamentos nuevos, solares, tiendas, restaurantes, calles y –a pesar del cansancio– seguimos impulsados haciendo arte o algo que pensamos que se le parece mucho. En 2016 Alejo, William y yo revisitamos nuestra vieja relación de arte/negocios llamada Colectivo Herramientas Audiovisuales Pedagógicas y por eso desde finales del 2015 existe Sin Sala, el espacio en el que jugamos a ser artistas y gestores. Nada mejor que eso.