martes, 22 de enero de 2019

El discreto arte de stalkear: la mezquindad (III)


El viernes pasado en la noche, en una fiesta a la que fui con Marco, me encontré con el esposo de mi amiga Tatiana. El tipo estaba en el mismo bar al otro lado de la pista rumbeando con un grupo de amigos. Verlo solo, sin su esposa, me produjo cierta extrañeza.  

Tatiana es una escritora a quien conocí hace unos años en un taller de comunicación. Es extrovertida y simpática pero tiene una costumbre un poco excéntrica, aunque no del todo extraña en estos tiempos: comparte a diario su vida en Facebook. Postea fotos de novenas, cumpleaños, matrimonios; monta álbumes familiares en los que aparecen etiquetados los miembros de su circulo lejano y cercano; narra con pelos y señales las nimiedades de su vida cotidiana, habla de lo que come, de los lugares que visita, de la ropa que compra, de sus rutinas de ejercicio y sus compañeros de gimnasio, de los restaurantes que visita, de los conciertos y las actividades culturales que realiza; comenta sobre su trabajo hasta la saciedad, sobre los viajes que hace, las conversaciones que tiene. Durante su embarazo consultaba con los contactos de la red acerca de trucos y especialistas para sus dolencias, curas para la piel, remedios para bajar los antojos, terapias alternativas, cursos, libros, nombres de bebé, vacunas, enfermedades, lugares para comprar cosas. Sus publicaciones alcanzan a diario cientos de reacciones y docenas de comentarios.

sábado, 19 de enero de 2019

El discreto arte de stalkear: el olvido (II)


Hace dos días vi de nuevo a Esteban. Esta vez era un hombre joven que estaba en el Transmilenio, iba de pie junto a una de las entradas del bus. Como en todas las ocasiones anteriores en las que lo he visto, llevaba una prenda de vestir blanca. Esta vez era la camisa; antes había sido una camiseta, o unos tenis, o un saco o una chaqueta, siempre blancos. En esta oportunidad era un tipo alto, no muy gordo y llevaba el pelo seco. Este Esteban tenía un desorden sobre su cabeza y, aunque me encantaría decir que era todo lo contrario al original Esteban quien lo llevaba siempre peinado, no podría comprobarlo. Lo que recuerdo no es suficiente para poder decir que es así. La imagen del verdadero Esteban, esa con la que me encontré en el aeropuerto de San José, quedó encerrada en una pequeña bóveda en mi cerebro a la que no puedo acceder. Lo único que me arroja esa puerta bloqueada es que ese día él llevaba puesto algo blanco.

Gran parte de los detalles que atesoraba de él –el tono de su voz, el color de sus mejillas, la temperatura de los lóbulos de sus orejas, el número exacto de líneas en la palma de su mano izquierda, el patrón de sus pestañas, el color de sus venas bajo la piel en la flexura del codo, la forma exacta de sus dientes, el tono preciso del color azulado de las estrías que tenía en la juntura entre su brazo derecho y el pecho, la forma del mapa que dibujaba la cicatriz en su muñeca izquierda, las arrugas y los lunares en sus pies— han desaparecido del registro de mi memoria. Lo que conservo es una especie de templete vacío sin detalles que llenan otros seres humanos, otros hombres con pelo crespo negro, piel trigueña y ojos negros profundos que aparecen en el paisaje y que se repiten eternamente.

Cada uno de esos hombres tiene un conjunto de características diferentes que observo y memorizo para llenar el vacío del esteban original y además cada uno viene con una historia que llena la narración ausente del Esteban verdadero. Observarlos con detenimiento y leer en sus rostros esas historias me permite completar la ausencia. 

Esteban no existe. Aquello que alguna vez conocí ha desaparecido y su imagen es una colcha de retazos construida con las fotografías de otros. Pero anoche lo vi de nuevo, pasó a mi lado en la discoteca. No llevaba nada blanco. Tenía el pelo liso, las gafas redondas y una camisa de cuadros, la misma camisa de cuadros que apareció esta mañana arrugada junto a la cama de Marco.


martes, 15 de enero de 2019

El discreto arte de stalkear: la incertidumbre (I)

Ayer, toda la tarde, estuve viendo a Esteban. Aparecía por instantes en los rostros de los estudiantes, en las personas de la calle, en las fotografías en los libros. Saltaba desde las esquinas y en los corredores, justamente como en esa época en la que –a pesar de la tristeza por el dolor que nos habíamos causado– estábamos mentalmente tan conectados. Su rostro no paraba de dar vueltas en mi cabeza, así que cuando regresé a casa reabrí las viejas cuentas de correo electrónico que no abría hacía años para averiguar si había alguna comunicación suya. No la había, así que por instinto y sin mucho pensar entré a buscarlo en Facebook.

Lo único que encontré fueron tres fotografías disponibles: en la primera Esteban aparecía posando de frente, mirando directo a la cámara sin sonreír, con su típica mirada inexpresiva (casi muerta), con los cachetes un poco escurridos y el semblante envejecido; en la segunda estaba detrás del tronco de un árbol en un sitio selvático con una camisa de cuadros azul y roja, con los brazos cruzados mirando a su derecha, tan guapo y masculino como no recuerdo haberlo visto nunca; la tercera contenía simplemente la imagen de un local comercial con el fondo del mar y un anuncio en inglés. Las personas que le comentaban le deseaban suerte en su “nuevo país”.

Esas tres fotografías me bastaron para hacerme a la imagen mental de que probablemente abandonó Costa Rica y ahora vive feliz en alguna parte de Europa. No hay más información y su perfil no permite leer nada más. Luego, casi automáticamente sentí una gran decepción. Esperaba verlo igual que antes, triste, deprimido, casi suicida, pero las fotos me arrojaron otra cosa, a alguien de quien yo no sabía nada. Eso pasa cuando uno “stalkea” la gente del pasado lejano: uno termina haciéndose imágenes mentales de situaciones que nunca podrá comprobar como ciertas. Fué así, también, como esas estampas fuera de contexto se convirtieron en espejos, en superficies borrosas reflectantes que me devolvían mi propia figura desdibujada: el rostro de una persona mezquina y triste que observaba las fotos de un desconocido solo para compararse con ellas y despreciar sus propias circunstancias actuales. Y con esa idea me tuve que ir a dormir.

Esta mañana amanecí aún pensando en eso, pero recordé que en realidad no tengo ninguna evidencia de su vida, que hace más de 7 años que no cruzamos palabra porque yo lo decidí así, que hace un tiempo, en un acto mágico, conversé con él en un diálogo en uno de mis manuscritos y lo perdoné, y que desde ese entonces siempre le he deseado que sea feliz. Cuando pienso en él, cuando regresa en los corredores, en los libros, en las calles y en los rostros de los demás entiendo que él también está pensando en mí y le envío luz, amor y libertad. Y sé que donde sea que él esté, está deseándome lo mismo.