Cuando Gregorio me contó, tuve miedo. Tuve miedo
de perderlo. Hacía un mes y medio que habíamos empezado a vernos, a salir
tranquilos los fines de semana, a darnos besos cortos en la calle, en las
esquinas, en los cafés cuando la vida le dio la vuelta con par de papeles
membretados llenos de números. Llevaba algunos días diciéndome que teníamos que
hablar y que tenía que contarme algo pero nunca pareció muy serio y continuaba
comportándose igual, hablando con el mismo tono de voz, haciendo las mismas
cosas del día a día. Yo no noté nada, y él parecía seguir llevando la misma
vida de siempre. El sábado por la tarde nos encontramos en una estación de
Transmilenio y continuamos el recorrido hasta Chapinero. Él venía de su casa en
el norte de Bogotá y se veía cansado. Nos sentamos en una panadería cerca a la
plaza de Lourdes y yo pedí algo con alcohol porque ya en ese momento después de
verle la cara, intuía que era lo que estaba pasando. Hablamos.