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domingo, 30 de agosto de 2015

12. La muñeca y el perro caliente

Inauguración de la exposición Off-line en el Validadero Artístico 
La llamaré Tatiana porque no recuerdo su nombre -aunque creo que se llama Natalia- pero su rostro me es inolvidable. Tiene la cara larga y unos ojos pequeños, alargados y con muchas pestañas. Su nariz es muy fina y su boca pequeñita. Anoche llevaba un labial rojo muy fuerte que contrastaba con lo pálido de su rostro. Todo eso lo acompañaba con el pelo crespo negro muy brillante, casi lustroso. Parecía una muñeca de los años veinte pero con pinta metalera de chaqueta de cuero, minifalda, medias y tacones altos, todo negro.  
Anoche Tatiana y yo cruzamos miradas en la fiesta Off-line y luego conversamos por un rato. Los dos teníamos la sensación de habernos conocido mucho antes. Pesquisando en su pasado averigüé que participó en una exposición con Ana María en su colectivo de arte y estudia o trabaja en la Tadeo. Aún así los dos sentimos que nuestra conexión era anterior y que seguro nos conocimos en otro lugar mucho antes.
Anoche Tatiana estaba exponiendo una serie de dibujos. Le comenté que me habían gustado mucho dos de ellos. En uno una chica, muy parecida a ella, conversaba animadamente en un sofá colorido con un perro caliente con salsas, y en el otro la misma chica dormía abrazada con una empanada debajo de una cobija azul.

Seguimos conversando y cruzando miradas durante el resto del evento. Luego bailamos un par de canciones. Creo que Aguanilé de Hector Lavoe fue una de ellas. Luego cuando me sentí cansado pasada la media noche me fui de la inauguración bailable. Ahora lo que me resta es buscarla en Facebook entre los amigos de Anita y continuar charlando para ver de donde es que nos conocemos. 

domingo, 6 de abril de 2014

El fin de la amistad



Todos cometemos errores. Ese es un hecho de la vida. No hay mucho que se pueda hacer al respecto. Por más que uno intente caminar sobre cascaras de huevo y comportarse de la mejor manera termina cometiendo errores. Y eso está bien ¿qué más se le puede hacer?

Eso fue lo que me pasó después de que volví de Venezuela, un sábado que salí a tomarme unas cervezas en la Calera con una de mis mejores amigas y su novio, otro gran amigo. Cometí un error, me emborraché y en un ataque de locura terminé peleando con ellos. La verdad no fue gran cosa. Me levanté y me fui porque no me quisieron acompañar al Transmilenio. Al día siguiente me levanté y le escribí a mi amiga que me disculpara, que había sido culpa mía y que lo lamentaba mucho.

Hoy casi dos meses después nada de lo que hice sirvió para volvernos hablar. Un día después de todo el incidente le pregunté que si me estaba sacando de su vida, le dije que si era así que por favor no lo hiciera porque ella es muy importante para mí, pero a pesar de eso no nos hemos vuelto a ver ni a conversar. De una amistad tan fuerte y un lazo tan cercano pasamos a nada, a cero. Luego en una fiesta volví a hablar con ella, le conté lo que sentía pero tampoco funcionó. No volvimos a hablar, no volví a ser parte de su vida, no volvimos a nada. Ya no hay nada, y la intuición que no falla me dice que así es. Me da tristeza, pero no sé qué más podría hacer de aquí para adelante. Me atrevo a decir que fue ella la razón por la que decidí volver a integrarme a la familia, por la que decidí dejar de a poquitos la grungería y volverme a integrar, pero ahora sin ella no hay mucho. Hay más terreno baldío allí que amistades.

No tengo más remedio que, como ya lo he hecho varias veces, reconocer que hice mal, y luego despedirme. Dejo ir los lazos, el dolor y la tristeza, tal vez con la esperanza de que algún día la amistad comience de nuevo. Digo adiós porque sé que me conozco y cuando me siento atrapado y sin salida le pido al universo que se lleve todo.  Y así me siento ahora.