C. me dejó de hablar y el silencio hizo que todo lo que había
pasado durante un mes perdiera su valor. Todas las palabras que habíamos dicho,
previas al silencio, se convirtieron en ruido; automáticamente todo lo que
había salido de nuestras bocas se convirtió en mentiras. Su último “ok” empujó
a mi cuerpo a un estado de conmoción que desplazó cualquier signo de normalidad
vital y abrió la puerta para una serie de encuentros absurdos –algunos
afortunados y otros desatinados– en diferentes lugares de la ciudad. Esta es la historia de
esos encuentros y sus consecuencias.
Entre calles
Tres días después del fatídico “Ok” tuve
que salir a la calle. No me sentía preparado para recorrer el centro después de
un fin de semana confuso y una resaca asesina que me obligó a estar acostado
durante la mayoría del sábado y el domingo. Sin embargo el lunes me tocó viajar
hasta la librería cerca de la plaza de Bolívar porque le había comprado a
Bridget un libro que ella ya tenía y se vencían los cinco días para hacer el
cambio. Desafortunadamente muy cerca a ese lugar C. y yo tuvimos la mayoría de
nuestros encuentros.
Mientras más me adentraba en el centro,
más inseguro me sentía y más pensaba en la posibilidad de encontrarme con él.
Me repetía una y otra vez las preguntas que le haría si tal vez nos cruzábamos
y nos deteníamos a charlar. Crucé la Jiménez y caminé en modo zombie/neura por
la carrera quinta hacía la Luis Angel. Cuando me disponía a cruzar la carrera,
de la nada apareció una moto. El alboroto en mi cabeza me había distraído de la
función vital de mirar a los lados antes de cruzar la calle y terminé a punto
de ser arrollado.
