Casandra se miraba las manos pero no eran las suyas. Cada noche veía las líneas en las palmas y los dedos de un hombre que ella no conocía. Al morir la tarde, su madre la
ponía sobre la cama, le contaba un cuento, ella se dormía y veía esas manos que no le pertenecían.
El paisaje en el sueño de Casandra todas las noches era el
mismo: la jungla espesa a cada lado de un rio ancho de color tierra, casas de
madera al borde del agua, pescadores pobres recorriendo el cauce debajo del sol
y un cielo sin nubes, el calor asfixiante, la vegetación desconocida, el
olor a humedad, la barca vieja de madera pintada de blanco y
azul. Casandra no sabía dónde estaba pero si sabía que el titán Rubén Darío, el dueño de las manos, conocía su paradero y sabía que no debía estar allí. Ella lo sabía porque lo soñaba cada noche.
