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martes, 25 de agosto de 2015

10. Días de mierda


Tengo la boca llena de laceraciones de esas que duelen hasta cuando uno silba. La semana pasada se me ocurrió salir de mi casa un día solo con un saco y esta semana estoy viendo las consecuencias: gripa. No puedo respirar, me duele la garganta. Se me rompieron los dos jeans que tenía y me molesta mucho ponerme la ropa rota. Me miro al espejo o me veo en fotos de extraños y mi pelo parece sacado de los años 90. Converso con mi papá y no entiendo si lo que me está dando es un consejo o si me está ofreciendo una retahíla sobre su pasado sin escucharme. Tengo que hacer un sin fin de vueltas y todas tengo que hacerlas con mi mamá. Hablo con William y se enfurece, me quedo pensando días y días y días en que seguro es por la forma en que pongo las palabras unas con otras que no me entiende. La señora de la oficina no me volvió a llamar. La falta de trabajo y tanto tiempo libre es suicida. Me broto, me da tristeza, siento un vacío gigante, no se para donde va mi vida. Tengo 33 años y soy un barco a la deriva. Llueve.

martes, 7 de julio de 2015

Lo que falta por decir

Verónica renunció a trabajar con mis abuelos para dedicarse a cuidar a su mama. La señora llevaba ya mucho tiempo enferma pero en esa etapa necesitaba cuidado constante. Sin embargo, la semana siguiente de haber renunciado, la mamá de Verónica se murió. Por la familiaridad que teníamos con Verónica –trabajó con mis abuelos por unos cuatro años— mi tío Carlos se ofreció a llevar a mi abuela a la funeraria. Me ofrecí a acompañarlos porque la diligencia era en el barrio Venecia. Era domingo y no había tráfico, no nos demoramos mas de quince minutos en llegar.

Verónica estaba allí con toda su familia, en una funeraria pegada a una iglesia triangular con nombre de santa. El ataúd estaba en la mitad de la última sala,  a donde se llegaba después de atravesar un corredor estrecho que bordeaba un lado de la iglesia. la sala tenía un techo bajito que solo servía para aumentar la sensación de encierro. Alrededor del féretro había varios arreglos florales cubiertos con cintas llenas de letras doradas con los nombres de gente que no reconocía. 

domingo, 26 de octubre de 2014

Encuentros con el suicidio

La última vez que intenté tener una conversación seria con Fernando, hace seis meses, sucedió lo que me esperaba: no me tomó en serio. Hacía ya mucho tiempo ya que no me tomaba en serio.

Hubo una época en que él escritor me escuchaba y hablaba conmigo, no como si yo fuera un mosquito molesto, sino como alguien que consideraba que yo era una persona pensante, intelectual, con opiniones propias. Eso se terminó cuando él se dio cuenta de que ya no necesitaba hacer un esfuerzo muy grande para que yo accediera a tener sexo, cuando yo dejé de asentir y sonreír para agradarle y comencé a cuestionar sus opiniones y respuestas.  

Después del suicidio de Sergio intenté conversar con él acerca de eso. Pensé que tal vez, después de vivir tanto, él tendría una respuesta tranquilizadora a la angustia que tenía y a las interrogantes que no lograba solucionar. Fernando me escuchó un rato, cruzó la pierna y con su típica voz de erudito me recomendó que leyera el ensayo de Emil Cioran, luego volvió a ponerse las gafas y a instalar su mirada en su celular.