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martes, 25 de agosto de 2015
10. Días de mierda
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Soy un artista plástico con ínfulas de escritor y poco tiempo. Moriré a los sesenta y algo, así que ya viví la mitad de mi vida. Vivo en Bogotá y escribo sobre lo que vivo y lo que me pasa.
martes, 7 de julio de 2015
Lo que falta por decir
Verónica renunció a trabajar con mis abuelos para
dedicarse a cuidar a su mama. La señora llevaba ya mucho tiempo enferma pero en
esa etapa necesitaba cuidado constante. Sin embargo, la semana siguiente de
haber renunciado, la mamá de Verónica se murió. Por la familiaridad que
teníamos con Verónica –trabajó con mis abuelos por unos cuatro años— mi tío
Carlos se ofreció a llevar a mi abuela a la funeraria. Me ofrecí a acompañarlos
porque la diligencia era en el barrio Venecia. Era domingo y no había tráfico,
no nos demoramos mas de quince minutos en llegar.
Verónica estaba allí con toda su familia, en una funeraria pegada a una iglesia triangular con nombre de santa. El
ataúd estaba en la mitad de la última sala, a donde se llegaba después de atravesar un
corredor estrecho que bordeaba un lado de la iglesia. la sala tenía un techo bajito que
solo servía para aumentar la sensación de encierro. Alrededor del féretro había
varios arreglos florales cubiertos con cintas llenas de letras doradas con los
nombres de gente que no reconocía.
Soy un artista plástico con ínfulas de escritor y poco tiempo. Moriré a los sesenta y algo, así que ya viví la mitad de mi vida. Vivo en Bogotá y escribo sobre lo que vivo y lo que me pasa.
domingo, 26 de octubre de 2014
Encuentros con el suicidio
La última vez que intenté tener una conversación seria con Fernando,
hace seis meses, sucedió lo que me esperaba: no me tomó en serio. Hacía ya mucho
tiempo ya que no me tomaba en serio.
Hubo una época en que él escritor me escuchaba y hablaba conmigo, no
como si yo fuera un mosquito molesto, sino como alguien que consideraba que yo
era una persona pensante, intelectual, con opiniones propias. Eso se terminó
cuando él se dio cuenta de que ya no necesitaba hacer un esfuerzo muy grande
para que yo accediera a tener sexo, cuando yo dejé de asentir y sonreír
para agradarle y comencé a cuestionar sus opiniones y respuestas.
Después del suicidio de Sergio intenté conversar con él acerca
de eso. Pensé que tal vez, después de vivir tanto, él tendría una respuesta
tranquilizadora a la angustia que tenía y a las interrogantes que no lograba
solucionar. Fernando me escuchó un rato, cruzó la pierna y con su típica voz de
erudito me recomendó que leyera el ensayo de Emil Cioran, luego volvió a ponerse
las gafas y a instalar su mirada en su celular.
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Soy un artista plástico con ínfulas de escritor y poco tiempo. Moriré a los sesenta y algo, así que ya viví la mitad de mi vida. Vivo en Bogotá y escribo sobre lo que vivo y lo que me pasa.
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