Mientras tomábamos
tinto en la cafetería de la Funeraria la Candelaria, mi papá desbloqueó su celular,
un BlackBerry 8520 con una cámara de pocos megapíxeles, y me pidió que tomara
una foto. Manuelito quería que yo me acercara al féretro de mi tía Julia y
retratara el último rostro que veríamos de ella antes de ser enterrada. Me quedé
perplejo con la petición pero recordé que las prácticas mortuorias para
conservar la imagen de los ausentes han
existido desde siempre. Una pequeña revisión histórica basta para recordar los
soldados de terracota en China, las momias y las pirámides egipcias, las
mascaras rituales de los Mayas y la pintura del memento mori presente desde la edad media.
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Fotografía Post-mortem Padre junto a su esposa e hijo fallecidos |
La práctica de tomarles fotos a los muertos tampoco es algo
nuevo. Después de la invención de la fotografía en
Francia en 1839 retratar personas fallecidas se convirtió en algo cotidiano que
se hacía con dos fines: demostrar el fallecimiento de un familiar y/o incluir
el evento en el álbum de fotos. Los daguerrotipos existentes de esa época
muestran, principalmente, niños arrullados por sus inexpresivos padres y
personas adultas con aspecto relajado en sus lechos de muerte o en sus féretros.
Todos acompañados de mobiliario, flores y objetos decorativos. También –y este
es el caso mas impactante— los registros de la fotografía de muertos del siglo
XIX incluyen escenas familiares en las que las personas fenecidas posaban para
un fotógrafo mientras compartían una cena o una copa en sus hogares. En las
fotografías resultantes las personas vivas aparecen borrosas mientras que los
muertos demostraban ser modelos ideales; contaban con la rigidez necesaria para
soportar con estoicismo los largos periodos de espera necesaria para fijar su
imagen en los daguerrotipos. Por eso siempre se ven nítidos. Al final las fotografías se retocaban a mano, se les añadía
color en las mejillas y se les pintaban los ojos sobre los párpados cerrados.
En Argentina llegaron a imprimirse en los
periódicos los retratos de personajes públicos sin vida y en México, hasta bien
entrado el siglo XX, los niños muertos eran fotografiados en poses de angelitos.