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martes, 7 de julio de 2015

Lo que falta por decir

Verónica renunció a trabajar con mis abuelos para dedicarse a cuidar a su mama. La señora llevaba ya mucho tiempo enferma pero en esa etapa necesitaba cuidado constante. Sin embargo, la semana siguiente de haber renunciado, la mamá de Verónica se murió. Por la familiaridad que teníamos con Verónica –trabajó con mis abuelos por unos cuatro años— mi tío Carlos se ofreció a llevar a mi abuela a la funeraria. Me ofrecí a acompañarlos porque la diligencia era en el barrio Venecia. Era domingo y no había tráfico, no nos demoramos mas de quince minutos en llegar.

Verónica estaba allí con toda su familia, en una funeraria pegada a una iglesia triangular con nombre de santa. El ataúd estaba en la mitad de la última sala,  a donde se llegaba después de atravesar un corredor estrecho que bordeaba un lado de la iglesia. la sala tenía un techo bajito que solo servía para aumentar la sensación de encierro. Alrededor del féretro había varios arreglos florales cubiertos con cintas llenas de letras doradas con los nombres de gente que no reconocía. 

lunes, 22 de junio de 2015

El semblante de los muertos #relato

Mientras tomábamos tinto en la cafetería de la Funeraria la Candelaria, mi papá desbloqueó su celular, un BlackBerry 8520 con una cámara de pocos megapíxeles, y me pidió que tomara una foto. Manuelito quería que yo me acercara al féretro de mi tía Julia y retratara el último rostro que veríamos de ella antes de ser enterrada. Me quedé perplejo con la petición pero recordé que las prácticas mortuorias para conservar la imagen de los ausentes han existido desde siempre. Una pequeña revisión histórica basta para recordar los soldados de terracota en China, las momias y las pirámides egipcias, las mascaras rituales de los Mayas y la pintura del memento mori presente desde la edad media.

Fotografía Post-mortem
Padre junto a su esposa e hijo fallecidos
La práctica de tomarles fotos a los muertos tampoco es algo nuevo. Después de la invención de la fotografía en Francia en 1839 retratar personas fallecidas se convirtió en algo cotidiano que se hacía con dos fines: demostrar el fallecimiento de un familiar y/o incluir el evento en el álbum de fotos. Los daguerrotipos existentes de esa época muestran, principalmente, niños arrullados por sus inexpresivos padres y personas adultas con aspecto relajado en sus lechos de muerte o en sus féretros. Todos acompañados de mobiliario, flores y objetos decorativos. También –y este es el caso mas impactante— los registros de la fotografía de muertos del siglo XIX incluyen escenas familiares en las que las personas fenecidas posaban para un fotógrafo mientras compartían una cena o una copa en sus hogares. En las fotografías resultantes las personas vivas aparecen borrosas mientras que los muertos demostraban ser modelos ideales; contaban con la rigidez necesaria para soportar con estoicismo los largos periodos de espera necesaria para fijar su imagen en los daguerrotipos. Por eso siempre se ven nítidos. Al final las fotografías se retocaban a mano, se les añadía color en las mejillas y se les pintaban los ojos sobre los párpados cerrados. En Argentina llegaron a imprimirse en los periódicos los retratos de personajes públicos sin vida y en México, hasta bien entrado el siglo XX, los niños muertos eran fotografiados en poses de angelitos.