Recuerdo la primera vez que me enamoré. Tenía quince años y hacía el
mayor esfuerzo por pasar tiempo con uno de mis profesores de inglés.
No recuerdo que hayamos hablado mucho, ni que saliéramos a tomar café ni que rodáramos por el pasto como un par de tortolos, pero si recuerdo estar siempre mirándolo, estar siempre pendiente de sus clases y recuerdo la sensación de vacío tan
grande una vez que me obligaron a irme de paseo familiar y no pude asistir a
una de sus últimas lecciones.
Esa misma sensación de desasosiego la sigo sintiendo ahora, quince años
después cuando una relación se acaba. Cuando llega el desamor, o sea, cuando el
amor ya no es suficiente para seguir conversando y siendo novios, cuando recibo la correspondiente terminada escrita por correo o por whatsapp, o aun,
cuando simplemente dejo de recibir los mensajes y las llamadas y el amor
se desvanece.