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miércoles, 27 de mayo de 2020

El espacio entre las cosas: el ruido y el silencio (Diario del confinamiento)

Al principio de la cuarentena había mucho menos ruido. El 20 de marzo dejaron de sonar los motores de miles de automóviles que se quedaron en su casa. Cientos de rutas escolares llenas de gritos de niños dejaron de circular. No puedo decir que existiera un silencio absoluto pero, por lo menos en las mañanas, no existía el bullicio que ahora ha vuelto a existir.

 

Cuando empezó el aislamiento, y teníamos solo un simulacro obligatorio, sentía mucho miedo. Fueron muchos los días en que la ansiedad no me permitía comer y me atemorizaba el silencio. Dormía poco y daba vueltas en la cama durante la noche. Despertaba extrañado a la hora en que tendría que haber empezado a alistarme para salir a trabajar. La falta del bullicio metálico de los motores me parecía inquietante; me aterraba que la ciudad hubiese dejado de funcionar de esa manera tan abrupta y que, a pesar de que fuese algo que pedimos a gritos por nuestra salud, no nos pudiéramos mover de casa ni salir a trabajar.

 

A las 7 de la mañana era muy poco lo que sonaba. Tan solo se oían algunas personas en la calle, quienes por fuerza mayor no habían podido dejar de desplazarse. Celadores, personal del aseo, vendedores, domiciliarios, policías, médicos y enfermeras siguieron montando en transporte público para ir al trabajo y aún hacían ruido afuera. Pero no eran tantas personas, o por lo menos no las suficientes para llenar las calles del barullo pre-pandemia.  

 

lunes, 10 de agosto de 2015

6. Empieza de nuevo



A las doce de la mañana terminé la inducción del trabajo nuevo. Durante la jornada, Martha -una mujer de mediana edad con la cara redonda y los lóbulos estirados- nos explicó al señor Quintero, a Adriana y a mi los puntos básicos de lo que será la labor con ellos.
Cuando terminamos, Martha nos dió un tour de la oficina, nos agradeció y nos dejó ir a continuar con nuestras vidas. En la recepción el señor Quintero me preguntó para donde iba y me ofreció arrastrarme hasta la estación de Transmilenio mas cercana. En el carro le pregunté cómo había llegado a esa empresa y me contó que de unos meses para acá había estado aplicando a todo lo que había para traductores, que le servían los trabajos freelance porque necesita trabajar desde su casa por razones familiares y que le habían pedido que hiciera una prueba de traducción. Casi un mes y medio después, igual que a mí, lo llamaron a una entrevista y luego a una inducción.

Hasta ahí la historia era similar a la mía, sin la necesidad de trabajar desde casa ni los problemas, pero luego continuó contándome algo interesante: hasta el año pasado el trabajo le había funcionado con normalidad. Tenía muchos clientes y efectivo fluyendo, pero por alguna razón que él no entendía, el trabajo había decaído y por eso pensaba que lo que empezábamos hoy valía la pena. Asombrado por lo parecido de su historia a la mía le respondí que me había sucedido lo mismo y que “aunque sea a ese precio hay qué hacer.”

miércoles, 8 de octubre de 2014

¿Qué piden los pobres en Colombia? Documentales de Marta Rodríguez y Jorge Silva

Lo que quieren los pobres es tener tierra, su propia tierra. Esta es la idea que intentaron mostrar con vehemencia Marta Rodríguez y Jorge Silva en los documentales que produjeron desde el final de la década de los sesenta hasta la muerte de Silva en 1987. Los documentalistas muestran historias de personajes pertenecientes a las clases bajas trabajadoras colombianas quienes hacían un esfuerzo por no desaparecer y conservar un lugar en el territorio en el que se arraigaban sus costumbres y su cultura. Durante los años que duró su colaboración –tanto profesional como sentimental– la pareja produjo documentales, mediometrajes documentales y cortometrajes documentales enfocados en la población indígena marginalizada, los obreros urbanos empobrecidos, los trabajadores de las zonas rurales y sus familias desplazadas.

 
La primera de las colaboraciones de Rodríguez y Silva fue Chircales, producido entre 1966 y 1972. El mediometraje retrata la vida de una familia que vive y trabaja en el barrio Tunjuelito de en el sur de Bogotá. Los trabajadores de los chircales en esa época no tenían ningún tipo de seguridad social y vivían de producir ladrillos para los grandes terratenientes. En su mayoría los trabajadores de los chircales eran personas desplazadas por la violencia que empezó a azotar a las zonas rurales a mediados del siglo XX en Colombia.