El jueves,
después de que hablé con mi tía Blanca a las siete de la mañana, llamé a mi papá. Alguien tenía que contarle que mi tía Negra había muerto. El teléfono repicaba, pero rápidamente entraba a correo de voz por lo que supuse que alguien ya lo habría
llamado y que cuando me contestara no tendría que darle yo la noticia. Por
fin, a las ocho de la mañana la voz de Manuelito me respondió; no
sonaba triste, no lo oía molesto.
Le pregunté si
había hablado con alguna de mis tías. Me contó que había hablado con Aidé y con la Mona por ahí a las seis y media pero no le habían dicho nada extraño. Volví a preguntarle si había hablado con alguna de sus hermanas con la esperanza de que ya lo supiera. Me dijo de nuevo que no le habían dicho nada raro. Detrás de su voz
sonaban los traqueteos de un carro viejo en una carretera.
–¿fue que se
murió Julia o que? Me preguntó con ese golpeado fronterizo que ahora le sale
cuando habla y ya sin poder hacer mas preámbulos le conté. Mi tía Blanca me
había llamado hacía un rato y me había dicho que mi tía negra había fallecido. No
hubo silencio, el ruido del carro viejo en el que viajaba mi papá seguía sonando en el
fondo mientras él me contaba que ya iba llegando a Peracal, que ya tenía
un vuelo reservado para Bogotá y que intentaría llegar lo mas pronto posible.
Yo no supe que mas decir. Me quedé sentado frente al escritorio mirando la
pantalla del computador.