Ayer, antes de las cuatro de la tarde
sentí una presión muy fuerte en el pecho. Estaba apunto de tener un ataque de
ansiedad por la gran cantidad de café que había consumido, por el estrés de la cirugía
de mi mamá y por los problemas de trabajo. Para combatir esa sensación tan
maluca me pareció buena idea salir a trotar, cosa que no había hecho por la
mañana. Me cambié y salí caminando, como hago todos los días, hacia la avenida
Suba mientras cuadraba el teléfono para que sonara el audiolibro del Ulysses de
James Joyce. Empecé a aumentar el ritmo cuando crucé los cuatro carriles de la
avenida del Transmilenio.
La ciclo-ruta que rodea el parque
alrededor del río en la 106 estaba llena de ramas de arboles porque acaban de podar,
por lo que el asfalto se convirtió en un juego de obstáculos con ramas y mugre
dejada por los jardineros del distrito. Las voces del audiolibro no se
detuvieron; un par de caballeros sostenían una conversación acerca de Irlanda,
una muerta o la madre de alguno de los personajes. Los dos señores charlaban
mientras hacían un recorrido en un carruaje tirado por caballos que relinchaban
y resoplaban. Los audiolibros le dan al ejercicio una atmosfera intelectual que
no siento con otro tipo de ayuda auditiva.
