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viernes, 17 de marzo de 2017

La alegría de madrear


Hace un par de noches iba cruzando la calle 100 para llegar a mi casa cuando una camioneta grande, blanca, giró desde la carrera y avanzando se acercó hacia a mi. El conductor no se detuvo ni se dignó a reducir un poco la velocidad para permitirme cruzar la calle sino que me pitó y continuó avanzando. Me echó el carro encima y siguió como si nada. Yo, un simple peatón cruzando la calle en la noche lluviosa tuve que saltar para que la camioneta no me arrollara. Cuando alcancé el otro lado del andén me detuve, vi pasar el carro, y terminé de sentir cómo mi cuerpo era invadido por un sentimiento de amargura e impotencia. Una sensación que, como peatón, he sentido a menudo últimamente en Bogotá.
El carro siguió avanzando pero como había un pequeño trancón un poco más adelante tuvo que disminuir la velocidad. Ahí fue que yo vi mi oportunidad: salí a correr y me paré justo al lado del conductor de la camioneta, los transeúntes desprevenidos y los demás conductores de carros vieron interrumpidas sus rutinas de conducción y pensamiento por una sarta de improperios lanzados a voz en cuello por mí, “¡hijueputa!, ¿cree que porque tiene un carro es dueño de la vida de la gente? ¿acaso cree que porque tiene una malparida camioneta es dueña de la vía? ¿me mandó encima el hijueputa carro para venir a meterse más rápido en un hijueputa trancón?, !ojalá un día alguien como usted le eche el carro así igualito a uno de sus hijos!"


domingo, 30 de octubre de 2016

La muerte de Elvira


Elvira, Mario, Rosa y Carlos.
Hoy, al medio día fuimos a almorzar con Betty, una cuñada de mi abuela, viuda de Augusto, uno de sus hermanos. Betty es uno de esos personajes que, junto con sus hijos y nietos, ha estado presente en toda nuestra vida familiar en Bogotá y en el Valle. Desde que recuerdo, Betty, Claudia y Guillermo nos han acompañado y han hecho parte de navidades, bodas, bautizos y cumpleaños. Durante el almuerzo mi mamá y Betty conversaban de lo usual, sobre las viejas amistades, la familia extendida, viajes, las primas, los hijos de ellas y sus nietos, pero en un momento la conversación llegó a un punto que me interesaba: la tía Elvira. 
Elvira Correa era una de las hermanas de mi abuela y una de las personas más importantes durante mi infancia. Cuando estábamos pequeños mis papás solían mandarnos a mi hermano y a mi a pasar vacaciones en su casa en Tuluá. Ella siempre nos quiso mucho y nos consentía y se encargaba de nosotros como si fuéramos sus propios nietos.
Elvira murió en 2004, lo recuerdo claro porque eso pasó cuando regresé de Inglaterra. Mi mamá me contó que había muerto después de hacer una llamada de teléfono o durante un almuerzo y recuerdo que me dolió porque no pude hacer más acerca de eso. No pude llamarla, ni conversar con ella, ni despedirme porque ella simplemente ya no estaba y nadie sabía que para mí era algo importante.
–¿De qué murió Elvira? le pregunté a Betty.

martes, 16 de junio de 2015

Más o mas, opiniones coincidentes #relato

La ultima vez que me reuní con Lina en el Starbucks de la calle 100 con Novena, me explicó la diferencia entre más y mas. “Si estas hablando de algo extra, si dices que necesitas más amor o más plata o si estas comparando, o sea si dices que algo es más algo que otra cosa pones tilde. Pero si estas hablando de mas como pero entonces no pones tilde. Por ejemplo, si dices soy un gran escritor, mas no se utilizar las tildes, pues va sin tilde”.

La explicación me la brindó después de revisar el manuscrito de cuentos que terminé en enero y que no he enviado a ninguna convocatoria. Ese manuscrito también lo revisó el señor Blair. Tanto Lina como el señor Blair coincidieron en algunos asuntos después de hacer lecturas detalladas del conjunto de textos que extraje de los dos blogs en los que he escritoel manuscrito.ras deatlladasmentoe ahora en adelante: acer de aqui r algo con ese manuscrito.eticiesta dividida la letra. Primer. Primero lo de las tildes. Los dos me señalaron que me hay palabras que he dejado sin acentuar y en este aspecto también coincidió Gloria Alejandra cuando leyó mi crónica larga. Segundo, los dos también resaltaron ciertas repeticiones innecesarias de términos en algunos párrafos, asunto a revisar con posterioridad. Finalmente, los dos estuvieron de acuerdo con que el manuscrito no parece un libro de cuentos sino una novela.


Tales apreciaciones componen la tarea con la que tengo que continuar de ahora en adelante: aprender a poner tildes, como cuando estaba en primaria, y terminar de desenredar los hilos de todas mis fallidas historias de amor.

miércoles, 29 de abril de 2015

El chacero ilustrado #crónica

El cliente venía a comprar un par de cigarrillos Marlboro y un dulce. Tenía unos 28 años, el pelo negro ondulado, partido por la mitad. Llevaba la pinta de un estudiante de literatura de los Andes, con los ojos pequeñitos detrás de las gafas hipster y una chaqueta deportiva. No estaba solo, venía con dos parejas. No detallé a sus acompañantes porque estaban lejos, esperándolo al otro lado de la calle.

Me pareció muy guapo cuando lo vi con su pinta de intelectual. Se me ocurrió hacerle la charla y averiguar qué le gustaba, si leía libros, si escribía o si trabajaba en algún lugar interesante como una ONG o en una oficina del estado. Pensé en hablarle y comprobar que tan cierto era todo lo que yo habpuso ciendo la venta contexto da de los chaceros no es la misma vida suyaosotros, ns ersonajes que uno pasa todo el tiempo e ignía leído en su apariencia. Pero en ese momento la realidad me golpeó: yo no era yo.

miércoles, 11 de marzo de 2015

Miscelánea de terremotos entre Santiago y Bogotá #CrónicaCorta

Ayer, antes de las cuatro de la tarde sentí una presión muy fuerte en el pecho. Estaba apunto de tener un ataque de ansiedad por la gran cantidad de café que había consumido, por el estrés de la cirugía de mi mamá y por los problemas de trabajo. Para combatir esa sensación tan maluca me pareció buena idea salir a trotar, cosa que no había hecho por la mañana. Me cambié y salí caminando, como hago todos los días, hacia la avenida Suba mientras cuadraba el teléfono para que sonara el audiolibro del Ulysses de James Joyce. Empecé a aumentar el ritmo cuando crucé los cuatro carriles de la avenida del Transmilenio.

La ciclo-ruta que rodea el parque alrededor del río en la 106 estaba llena de ramas de arboles porque acaban de podar, por lo que el asfalto se convirtió en un juego de obstáculos con ramas y mugre dejada por los jardineros del distrito. Las voces del audiolibro no se detuvieron; un par de caballeros sostenían una conversación acerca de Irlanda, una muerta o la madre de alguno de los personajes. Los dos señores charlaban mientras hacían un recorrido en un carruaje tirado por caballos que relinchaban y resoplaban. Los audiolibros le dan al ejercicio una atmosfera intelectual que no siento con otro tipo de ayuda auditiva.