jueves, 13 de agosto de 2015

7. ¿ésta es una exposición de arte?

Fotografía de Bogotá en los años setenta. Parte de la instalación Fotorama de Alejandro Arango.  

Después de ver la instalación de Alejandro en la galería de la Cámara de Comercio me senté a tomar notas. Puse mi cuaderno con el teléfono al lado para ver las fotos y apuntar algunos datos que me parecieron dignos de recordar. En esas entró a la sala un señor de unos 75 años. Tenía un pantalón color azul bandera, una camisa a cuadros, un saco de gamuza que hacía juego con el resto de ropa porque también era azul y una gorra de gamuza, azul también.
El señor me preguntó qué era lo que había allí –no había una sola alma más en la sala— y yo muy cordial le comenté que esa era una exposición llamada Sal Vigua curada por el Equipo TransHistoria, que sus miembros eran María Sol y Camilo y que era una curaduría centrada en Bogotá.  <<¿es una exposición de arte?>> quiso saber y yo asentí. Me hizo preguntas sobre mi vida, sobre mi trabajo y sobre mi carrera y me invitó a que le mostrara las obras que más me gustaban. Lo llevé a ver las fotografías de Iregui, a mirar el dibujo de William, el video de las papas trans bailando y a recolectar postales en Fotorama, la obra de Alejo. Conversamos otro rato sobre arte y percibí, desde la mas cercana distancia, su olor a tabaco.
Antes de irse me agradeció por la amabilidad y me dijo que le parecía muy interesante mi proyecto de vida. Intercambiamos teléfonos celulares. Me invitó a su casa a ver algunas revistas y a continuar charlando. <<No vuelva a fumar de esos Pielrojas>>, me dijo antes de despedirse.

Su nombre era Fernando Jiménez.



lunes, 10 de agosto de 2015

6. Empieza de nuevo



A las doce de la mañana terminé la inducción del trabajo nuevo. Durante la jornada, Martha -una mujer de mediana edad con la cara redonda y los lóbulos estirados- nos explicó al señor Quintero, a Adriana y a mi los puntos básicos de lo que será la labor con ellos.
Cuando terminamos, Martha nos dió un tour de la oficina, nos agradeció y nos dejó ir a continuar con nuestras vidas. En la recepción el señor Quintero me preguntó para donde iba y me ofreció arrastrarme hasta la estación de Transmilenio mas cercana. En el carro le pregunté cómo había llegado a esa empresa y me contó que de unos meses para acá había estado aplicando a todo lo que había para traductores, que le servían los trabajos freelance porque necesita trabajar desde su casa por razones familiares y que le habían pedido que hiciera una prueba de traducción. Casi un mes y medio después, igual que a mí, lo llamaron a una entrevista y luego a una inducción.

Hasta ahí la historia era similar a la mía, sin la necesidad de trabajar desde casa ni los problemas, pero luego continuó contándome algo interesante: hasta el año pasado el trabajo le había funcionado con normalidad. Tenía muchos clientes y efectivo fluyendo, pero por alguna razón que él no entendía, el trabajo había decaído y por eso pensaba que lo que empezábamos hoy valía la pena. Asombrado por lo parecido de su historia a la mía le respondí que me había sucedido lo mismo y que “aunque sea a ese precio hay qué hacer.”

martes, 28 de julio de 2015

5. Las edades de Lulú


Cuando tenía 15 años entré a estudiar al colegio Calasanz en la 170 con autopista. Ese lugar se me antojaba gigante, vacío y desconocido. Me costó mucho trabajo adaptarme a estudiar con curas, a los nuevos profesores y a ir a un colegio de solo niños. Sin embargo, en ese mundo extraño hubo un lugar que me recibió desde el principio con amabilidad. Ese lugar se convertiría en uno de mis “parches” favoritos: la biblioteca.
Merceditas, la bibliotecaria, me otorgó al final de mi primer año el privilegio de entrar a la bodega. Allí estaban organizados con precisión y forrados con plástico grueso transparente los ejemplares innumerables de la prestigiosa colección de los Calasancios. De ese lugar extraje sin autorización y, creo, sin que Merceditas lo notara, uno de los primeros materiales eróticos –pornográficos— que leí en mi vida (antes de la era del Internet).
En una revista Cromos salió publicada una lista de literatura erótica; en ella me enteré de la existencia de Las edades de Lulú.  Oh sorpresa, el libro de Almudena Grandes apareció ante mi en uno de los estantes grises. Lo tomé, lo oculté entre mi ropa, lo metí en la maleta con nervios y no lo registré con la confiada bibliotecaria. Estaba seguro de que si ella se enteraba del tipo de libro que ese era, no me lo prestaría.

El ejemplar regresó a su sitio original, sin marcas aparentes, a los dos días. Reapareció en su puesto después de que me devoré todas sus descripciones de actos sexuales soeces que mi imaginación infantil no alcanzaba a construir. Regresó a su hogar cuando memoricé todas las emociones y los sentimientos adultos que tan solo hasta ahora, dieciocho años después, empiezo a comprender.

viernes, 24 de julio de 2015

4. Augurios de papel


Confieso que cada vez que a mis manos llega un periódico lo primero que hago es deslizarme hasta la ultima página y mirar el horóscopo. Me gusta leer las frases de un erudito astral anónimo y, si son generosas, obtener ese poco de confianza extra necesaria para ir con prosperidad durante el día. Si lo consulto en la tarde o en la noche, me embeleso corroborando si los presagios anunciados en los pequeños textos se cumplieron o no. Aclaro que el horóscopo del periódico no es una herramienta de confiar y no le otorgo peso a la hora de tomar decisiones. Pero leerlo es entretenido: por un minuto el resultado del todo no depende de mí, ya viene escrito en las estrellas.

Conocí hace muchos años en el bar el Polo un borrachito que decía que escribía el horóscopo para un periódico de tiraje nacional. Era un tipo flaco, mal arreglado y con la cara envejecida. Parecía que merodeaba el mundo con una maldición encima que se veía a través de sus ojos verdes. Me lo imaginé en la oscuridad, frente a un escritorio viejo, todas las noches, a la luz de una vela escribiendo en un cuaderno los vaticinios o las advertencias para las millones de personas que leían ese diario anualmente. Absurdo. Tendría que escribir al día doce textos pequeños que se ajustaran a la realidad de los crédulos lectores. Cuando me dijo que los astros anunciaban que él y yo debíamos estar juntos dejé de hablarle y no nunca corroboré si lo que decía era cierto o no.

jueves, 23 de julio de 2015

3. Cambiemos de tema


Hace ya un tiempo perdí la fe en el amor. Entendí que sería mas fácil vivir si dejaba de esperar a que las personas me ofrecieran las cosas más básicas para la interacción humana: respeto, consideración, lealtad, sinceridad.
Cuando decidí eso me sentí mas tranquilo. Dejé de cazar personas para amarlas y dejé de sentirme inadecuado: ya no me volví a comparar con el modelo del hombre ideal de montones de candidatos que saludaba o me saludaban por aplicaciones para el teléfono o redes sociales. Las conversaciones incomodas con desconocidos y la desaprobación quedaron atrás.
Al último de mis pretendientes lo enterré en el pasado y no volvimos a cruzar palabra. Ahora, de vez en cuando, disfruto del culposo placer de “stalkearlo” en sus redes sociales y a veces finjo que converso con él mientras camino por la calle.
“Era horrible cuando me hablabas –le repito— porque se sentía el compromiso. No conversabas conmigo porque yo te gustara sino porque estabas acostumbrado a conversar con alguien. Así lo niegues, yo me di cuenta de eso. Luego me enteré por uno de tus twits de que habías vuelto con tu ex. Lo que me molestó no fue que volvieras con él e interrumpieras lo “nuestro” (ese affaire de dos semanas), sino que no me lo dijeras de frente. Eso me demostró que yo no te importaba lo suficiente como para ser amigos.”
Desinstalé todas mis aplicaciones y dejé hablar del asunto.