Mostrando entradas con la etiqueta infancia. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta infancia. Mostrar todas las entradas

domingo, 30 de octubre de 2016

La muerte de Elvira


Elvira, Mario, Rosa y Carlos.
Hoy, al medio día fuimos a almorzar con Betty, una cuñada de mi abuela, viuda de Augusto, uno de sus hermanos. Betty es uno de esos personajes que, junto con sus hijos y nietos, ha estado presente en toda nuestra vida familiar en Bogotá y en el Valle. Desde que recuerdo, Betty, Claudia y Guillermo nos han acompañado y han hecho parte de navidades, bodas, bautizos y cumpleaños. Durante el almuerzo mi mamá y Betty conversaban de lo usual, sobre las viejas amistades, la familia extendida, viajes, las primas, los hijos de ellas y sus nietos, pero en un momento la conversación llegó a un punto que me interesaba: la tía Elvira. 
Elvira Correa era una de las hermanas de mi abuela y una de las personas más importantes durante mi infancia. Cuando estábamos pequeños mis papás solían mandarnos a mi hermano y a mi a pasar vacaciones en su casa en Tuluá. Ella siempre nos quiso mucho y nos consentía y se encargaba de nosotros como si fuéramos sus propios nietos.
Elvira murió en 2004, lo recuerdo claro porque eso pasó cuando regresé de Inglaterra. Mi mamá me contó que había muerto después de hacer una llamada de teléfono o durante un almuerzo y recuerdo que me dolió porque no pude hacer más acerca de eso. No pude llamarla, ni conversar con ella, ni despedirme porque ella simplemente ya no estaba y nadie sabía que para mí era algo importante.
–¿De qué murió Elvira? le pregunté a Betty.

domingo, 7 de diciembre de 2014

Los mártires silenciosos de la navidad #cuento

Cuando estábamos pequeños mis papás solían mandarnos a mi hermano y a mí a pasar navidad en Tuluá. Nos quedábamos una semana donde la hermana de mi abuela, mi tía Elvira, quien vivía con su esposo en un apartamento que quedaba en un segundo piso en la calle 33a. En la parte de atrás del apartamento, contra el solar, estaba la cocina de paredes azules junto a la habitación matrimonial a la que ni mi hermano ni yo teníamos permiso de entrar. Junto a esta habitación había otra más pequeña, pero allí yo no entraba porque estaba colgado un cuadro inmenso del sagrado corazón que me aterraba y un closet de madera enorme en el que, según mi hermano, vivía el coco. Esta situación nos dejaba confinados a mi hermano y a mí al último cuarto disponible de la casa: el cuarto de la máquina de coser. Ese cuarto tenía un balcón que daba a la calle y allí mi hermano y yo pasábamos gran parte de las vacaciones.