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domingo, 14 de marzo de 2021

Problemas de memoria III (El fin de @Loloelrolo)

 El 3 de enero de 2013 abrí mi computador después de las vacaciones. Me había tomado un par de semanas para descansar del que había sido mi último semestre de la maestría. Lo único que me quedaba era terminar la tesis, entregarla y sustentar. Cuando abrí el computador y se encendió la pantalla me llegó un vaho melancólico: era un olor, una fuerza, una tristeza infinita que me golpeaba desde los documentos que intentaba revisar ese primer día. Eran muchos escritos que había dejado inconclusos el año anterior y que había compartido con Gregorio, los había discutido con él, le había hablado de ellos a él, había trabajado en ellos con él y al leerlos podía escuchar su voz, su risa saltaba de entre las letras y los espacios. Pero ese tres de enero ya no estábamos juntos. Ya no hablábamos, ya no teníamos nada que ver el uno con el otro. 


A Gregorio lo conocí por Twitter, y por eso él es importante para esta historia. Lo que recuerdo es que nos hicimos alguna mención en la cuenta que yo tenía en ese momento @sergioxer y nos terminamos riendo. Comenzamos a conversar y luego salimos a tomarnos una cerveza. Fuimos pareja por unos diez meses. Esa relación empezó como un sueño pero terminó en pesadilla. Gregorio era tremendamente dulce pero estaba enfermo, física y emocionalmente y tenía demasiados problemas. Uno de esos problemas eran sus celos. Llegó un momento en el que yo ya no pude vivir con eso y el primero de diciembre de 2012 terminé huyendo. Este blog está lleno de relatos de esa época porque fue ahí que comenzó.  

Al principio de nuestra relación, el desdichado y hermoso Gregorio y yo nos comunicabamos por Twitter. Por ahí hablábamos todo el tiempo, nos enviabamos lecturas, poemas, fotografías. Eso era bonito, pero eso venía acompañado por escándalos de celos cada vez que yo le hacía una mención a alguien o seguía a alguien. Explotaba con rabia y actuaba erráticamente. Si él leyera esto, diría que no es cierto, pero desafortunadamente yo lo padecí y ese comportamiento se volvió tan recurrente que yo pensé que lo más conveniente era dejar Twitter. Paulatinamente dejé la dinámica trinadora hasta que llegó el momento de abandonar la cuenta, le cambié el nombre, y luego la cerré. 

En diciembre, cuando Gregorio y yo terminamos, me di cuenta del error que había cometido: ahora estaba sin él y sin cómo desahogarme. Y necesitaba poder quejarme y gritar sin afectar a mi familia y a mis amigos quienes ya estaban mamados de mis letanías sobre Gregorio y quienes me había rogado que terminara con él. 

Entonces abrí una nueva cuenta de Twitter. 

Necesitaba un nombre para esa cuenta, algo que no tuviera nada que ver conmigo, un titulo que me permitiera hablar y decirlo todo sin ser visible para que Gregorio me descubriera y me insultara como ya era costumbre. Y así nació @LoloelRolo. 

Empecé a tuitear ahí y a escribir en el blog, escribí y escribí y triné y triné hasta que la gente empezó a llamarme “lolito”. Yo no tenía que existir, porque existía Lolo. Algunos años después Lolo ya era incluso más conocido que yo y empecé a aprovecharme un poco de su popularidad incipiente y sus seguidores. A la gente le gustaba cómo y sobre lo que Lolo escribía y por eso ahí no solamente conocí a Gregorio. Conversé con muchas otras personas, trabé amistad con muchos otros tuiteros, compartí con muchos otros, gracias a Lolo algunos de mis escritos fueron publicados en México, muchos de los grandes influencers de esta década terminaron siguiéndome y muchos otros odiándome. Porque Twitter es algo así como un gran colegio lleno de estudiantes de todo tipo. Una especie de cárcel iluminada en la que todos tus miedos, tus deseos, tus ilusiones, todo, se encuentra con los demás. Y los demás (incluyéndome) no tienen reparos en contestarte y, si es el caso, posar lo peor que tienen en ti. Y en eso se me fueron 8 años de anonimato, hasta la semana pasada cuando Twitter me suspendió la cuenta.

He enviado mensajes solicitando que revisen mi caso pero eso no ha valido de nada, y según lo que he leído e investigado, no valdrá de mucho. Me da tristeza perder los 3500 seguidores que había conseguido sin empelotarme y sin hacer trino tras trino pueril sobre sexo o sobre penes; me da rabia tener que dejar atrás todos esos años de escribir constantemente sobre mi vida. Pero no hay de otra: la era de Lolo el Rolo se terminó. Desapareció de la línea temporal de todo Twitter, absolutamente todo lo que ya había dicho, toda la evidencia de la existencia de alguien llamado Lolito, sus mensajes, sus conversaciones. 

Y esta es una despedida. Me despido de todos esos rollos que me dejó ese tiempo en la red, le digo hasta luego a todas esas personas (unas muy tóxicas y otras no tanto) con las que alguna vez me relacioné. 

¿Volveré a empezar? Probablemente (si no lo estoy haciendo ya). 


sábado, 4 de marzo de 2017

Miscelánea de asuntos del sábado: disculpas y absolución.

Yo tengo la extraña idea de que nadie me lee en Twitter. Desde que empecé con esta cuenta siempre he intentado guardar un bajo perfil, nunca me ha interesado mostrar mi rostro y tampoco ha sido mi objetivo crear un red de amigos. Lo único que yo quería cuando inventé a Lolo el Rolo era tener un espacio donde pudiera lanzar madrazos al mundo, expresar mis opiniones y hacerlo lejos de la mirada juzgona de mis conocidos, familiares y amigos. Comprendí a fuerza de golpes el riesgo que implicaba poner mis emociones en público y por eso decidí reservarme mi identidad. Muchos ahora saben quién soy pero hasta ahora –incluso en mis épocas de mayor tráfico y mayor movimiento— me he dedicado a escribir de lo que pienso y a contar historias sobre mi vida sin esperar a que alguien me las valide, ya que en serio pienso que nadie me lee y que no a muchos les importa lo que yo tenga que decir.

Sin embargo, como a veces lo que uno cree no es la realidad, me di cuenta de que alguien sí me leía. En un momento de soledad nocturno se me ocurrió poner un tweet en el que hablaba de dos personas. ¿Qué fue lo que me sucedió en ese instante? Un bache puro de melancolía y debilidad. Y luego alguna persona que me seguía vio el mensaje y decidió mencionar a una de las personas de las que yo hablaba y a su actual pareja. El tweet si hablaba de uno de ellos, pero no sobre el otro. Las dos personas mencionadas por mí no están (hasta donde sé)  relacionadas, pero la persona que los mencionó luego lo tomó así.

miércoles, 17 de febrero de 2016

Miscelánea de asuntos de la mitad de la semana (Ferro, robos de celulares, Hemingway y más)

  • Ya son tres las personas a quienes conozco que les han robado el celular durante este último mes. Al viejo Wilson le robaron uno recién comprado, a la Connie un señor en una bicicleta le rapó el suyo y le causó una herida en el rostro y al pobre de Ari ayer le sacaron el Xperia del bolsillo en el Transmilenio, casi nuevo también. Da tristeza vivir en una ciudad donde tener un celular lo pone a uno en la mira de los raponeros y los cosquilleros. No quiero decir que una medida de protección sea comprar un celular no tan caro –porque me parece aburrido tener que limitar lo que uno quiere porque eso puede atraer ladrones— pero eso parece ser una solución. También detesto que cuando a uno lo roban la gente dice que fue porque uno “dio papaya” porque eso le quita la responsabilidad a los ladrones. Ellos son los que roban y cometen un crimen y le hacen a uno daño. Es cierto que uno tiene que cuidarse pero no puede estar uno disculpándolos. 
  • Esta semana volví a leer sobre el experimento del psicólogo Arthur Aaron  y volví a repasar las primeras preguntas de su test. No leí más porque francamente pienso que voy a hacer la prueba con alguien a ver si es cierto. La primera pregunta que el doctor Aaron hace es: si usted pudiera tener a alguien como invitado a cenar ¿a quién sería? Me puse a pensar y decidí que quería tener a un escritor para tomarnos unas copas y escucharle los cuentos y después de sopesar algunos pensé que mi clase de loco sería Hemingway. Ayer cuando iba caminando a clase, ¡oh sorpresa! Pasó un señor exactamente igual. Me quedé viendo al vecino y cuando pasó a mi lado le dije: “Bye Mr Hemingway”. El señor me miró pero no respondió. 

lunes, 18 de enero de 2016

Bogotá: ciudad tropical

Una ráfaga de viento azotó las cuatro ventanas del restaurante a donde acompañé hoy a don Rubén a almorzar. Juan David se puso de pie tan rápido como pudo para cerrar las ventanas pero no dio abasto. Se movía de un lado para el otro con la esperanza de agarrar las portezuelas transparentes antes de que se estrellaran pero estas, rebeldes, se le escapaban y golpeaban con rabia los bordes metálicos. Una resultó con un vidrio roto.

Sentí el ruido de los metales chocando y me di la vuelta sin pararme de la silla. El viento se coló al interior del segundo piso del restaurante y tumbó vasos y desorganizó decenas de servilletas que resultaron en el suelo. Afuera, atrás mío, se veía una tormenta de polvo y hojas secas arrancadas de los árboles que rodean la alcaldía. Los troncos exhaustos han renunciado a sostener a sus inquilinas verdes, las han dejado ir por la sequía. A las pobres les falta el agua, caen al suelo y mueren.

Hace tanto calor en Bogotá en estos días que una de las frases más populares es “qué bochorno” y es común ver a la gente en “la nevera” –nombre que le tienen los costeños a Bogotá— vestida con esqueletos, camisetas y sandalias. Los rolos, esos seres acostumbrados al frio y al sol solo al medio día, se los ve cachetirrojos y sudorosos en restaurantes sin aire acondicionado; sufren por la ropa hecha con materiales no aptos para la sudoración y el fervor. Y lo peor es que nadie nos cree, a nadie le cabe en la cabeza que Bogotá pueda ser en una apocalíptica “ciudad tropical (como dice @miguelfarfan).