martes, 13 de enero de 2015

Son mis empanadas y lloro si quiero

Las vacaciones se acabaron. El oráculo me vaticinó que antes de que el año empezara en forma tendría que cerrar varios ciclos familiares. Así pareció suceder entre ayer y hoy con dos cosas que dominaron el espectro familiar: el rompimiento del record de las mil empanadas y la despedida de Angie. La primera celebración llenó a la familia de un obeso orgullo y la segunda de una tristeza dulce que continúa hoy, varias horas después de haber dejado a Angie en el aeropuerto.


Desde que tengo uso de memoria, en mi casa se han realizado reuniones con el único objetivo de hacer y de comer empanadas. Con empanadas se celebra todo y seguramente cuando me case o cuando me vuelva a graduar de algo se lanzarán empanadas al cielo.

Hace 15 años era mi abuela quien dirigía y era el centro de la labor, sus asistentes por excelencia eran mi primo Juancho y Guillermo, el hijo de Betty. En la cocina de la casa de mis abuelos en Pijaos, cientos y cientos de lunas amarillas rellenas de papa y carne se consumían en pocas horas. Mientras que la abuela ponía a fritar las empanadas en la estufa verde de dos puestos –que tenía una bombona pequeñita de la que se bombeaba gasolina– la casa se llenaba con sus hijos y su treintena de nietos.

Con el tiempo se adquirieron casa familiares nuevas o se ampliaron las existentes. Mis abuelos se mudaron a un apartamento mes pequeño y mas central y el proceso de la producción de las empanadas se tecnificó. De esta forma las nuevas generaciones encontraron un espacio para participar de la tradición familiar y la abuela les traspasó a sus hijos y a sus nietos la batuta de la producción empanadística.

Desde ese entonces, una cuadrilla de tíos y primos se han (nos hemos) prestado para realizar la titánica labor. Hacer parte de las “empanadatones” –como se les llama ahora a las jornadas familiares de realización y consumo de empanadas— me ha librado de la presión que implica hacer parte de reuniones familiares de cerca de cincuenta personas. 

El domingo, se realizó la ultima empanadatón de las vacaciones, probablemente la primera del año. El motivo era la despedida de Angie y el cumpleaños de Saint. Ese día desde las once de la mañana un grupo itinerante de cerca de quince personas se comprometió a romper el record de las mil empanadas. En la cocina de la casa del tio Carlos había una cuadrilla de personas cumpliendo varios roles: una persona mezclando la masa, un persona convirtiendo la masa en rollos del tamaño de la palma de la mano, dos personas aplanando la masa en una maquina para hacer pasta (lo que anteriormente se hacía con una botella de plástico o un rodillo) dos personas armando las empanadas con un pocillo, el tio Carlos fritándolas y Paola contándolas y repartiéndolas entre los comensales. A este grupo de personas hay que añadir que alguien de la casa debió cocinar la carne y la papa y los ingredientes del guiso y alguien mas tuvo que haber hecho el picado, el ají y el guacamole. Además alguien mas, en esta fecha Alix, praparó la limonada para los colaboradores y los asistentes.

Cerca de las seis de la tarde, después de una verificación del conteo, se le cedió a la abuela el honor de poner el aceite la empanada numero mil, se tomaron las fotos, se cantaron los hurras, se gritaron los nombres de los colaboradores, se aplaudió y se comió empanadas para celebrar.

Para mi, la celebración del record de las mil empanadas se veía un poco empañada por la despedida de mi prima y gran amiga Angie. Desde que ella vive en Bogotá, y sobre todo desde que sus papás regresaron al país nos hemos vuelto grandes amigos. Hemos hecho tantas cosas juntos en los últimos años que parece que hubiéramos parchado toda la vida. Hemos salido a ciclovía, a hacer deporte, a rumbear, a comer, a caminar, hemos leído juntos, hicimos trabajos de mi maestría y de sus materias de la universidad, me apoyó y me escuchó sin juzgarme cuando pasé por lo de Nano.


Angie terminó su segunda carrera en la universidad y decidió irse para Bolivia a hacer una pasantía laboral con una organización internacional para graduarse. Se fue y nos dejó un vacío inmenso. Ahora estará en Cochabamba empezando su 2015, conociendo personas nuevas y consiguiendo nuevos amigos, apañándoles sola. Nico –su novio–, toda la familia y yo nos quedamos comiéndonos un montón de empanadas mientras que nos contentamos con saber que un año se pasa rápido y que, si contamos con suerte podremos ir a verla.

Admiro a Angie por emprender una historia nueva, un camino nuevo, un viaje nuevo y por no tener miedo para dar un paso mas adelante lejos de la protección de la patria y el hogar. Así lo hicieron mis abuelos hace años cuando se vinieron para Bogotá, así lo hicieron los padres de ellos cuando viajaron al Valle del Cauca, así lo han hecho muchos en la historia. Así lo hicieron nuestros padres y así lo hice yo, hace años cuando me marché a vivir lejos.

Nos queda la tristeza dulce, nos quedan las comidas y las tradiciones. Nos queda todo eso que nos recuerda que somos parte de algo mas grande y que en el gran esquema de la historia un año es solo un parpadear.





1 comentario:

  1. Lolo genial descripción, la tradición gastronómica hecha prosa y reforzando valores que unen familias a través de actividades relativamente simples, divertidas, compartidas y que se permanecen por generaciones. Graciiiiiiiiiaaaaassss

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