martes, 18 de julio de 2017

Vacío en el tiempo #relato


La semana pasada fui a conocer a Manuel, un abogado de 38 años que me hizo reír desde el primer mensaje que me envió. Nos vimos en la Plaza de Bolívar después de que salí de la librería del FCE y caminamos hasta el café ese famoso del tipo francés, tan popular ahora, y que se ha convertido en el lugar cool del centro para ir a pasar el rato.
Conversamos hasta que caímos en cuenta de que habíamos estudiado juntos al mismo tiempo en la misma universidad y que teníamos un abanico de gente en común de esa época: amigos de nuestras carreras y de ciencia política, y antropología y filosofía, jóvenes gais –para ese momento— de los grupos de la universidad, profesores y maestros en común. Eso hacía parecer que ese encuentro, agendado a través de redes en el internet, pareciera más un reencuentro de dos viejos compañeros de academia.

domingo, 7 de mayo de 2017

Miscelánea de asuntos de la sobriedad

Cómo ya les había contado no estoy consumiendo alcohol y estas son algunas de las conclusiones que he sacado de andar en este plan:

1.    Que contarle a la gente que uno no consume alcohol es como salir del closet. Durante estas últimas semanas, o por lo menos durante este periodo inicial cuando he ido a alguna actividad social o cuando me he reunido con los amigos o cuando he conocido a alguien nuevo, he tenido que contarles que no bebo. Inicialmente su respuesta ha sido echar para atrás la cabeza y observarme con desconfianza; me miran y esperan encontrar razones traumáticas por las que no quiero tomar más cerveza. Quieren escuchar un drama profundo, una historia con gritos, mentadas de madre, un robo, un accidente, sexo casual salido a mal y lagunas mentales. De eso si ha habido pero muy poco, la verdad.

2.    Qué si uno no bebe está trabajando. La otra noche estábamos en la apertura de un evento en el espacio de arte que yo coordino con unos amigos, casi a la media noche yo estaba cansando, aunque contento y me estaba divirtiendo mucho. En esas volvimos al tema por alguna razón y después de conversar un rato, Marcela me dijo: “entonces, tú en este momento estás trabajando”. Esa idea me quedó rondando en la cabeza porque parece que hay una delimitación muy clara de lo que constituye para nosotros los momentos de trabajo y los de esparcimiento y esa línea es la del consumo de alcohol. Cuando uno trabaja no puede beber y cuando bebe es porque ya no está trabajando. Entonces ¿yo estoy trabajando todo el tiempo? Será que mi animo y mi voluntad de no beber me han condenado a estar siempre en modo trabajar?

jueves, 13 de abril de 2017

Sobriedad: ¿qué razones tengo para beber?

El 21 de febrero tuve una cirugía, nada serio. Un asunto que tocaba solucionar y nada más. No me pregunten que fue porque no les voy a contar pero ese pequeño incidente me obligó a tomar antibiótico por 10 días y a cambiar de dieta. Todo lo que como o bebo es susceptible de hacerme daño, pero ese no es el problema, el problema es que con eso viene un malestar y un dolor insoportable. Por eso, y tal vez por otras razones más no he consumido alcohol desde esa época y ahora, mientras más días pasan empiezo a contemplar la idea de no consumir alcohol del todo.
Tal vez llegue a perecer una medida drástica porque el alcohol no me ha hecho nada, pero si es un hecho que desde la cirugía no he amanecido ningún día con guayabo y he perdido tres kilos. Antes estaba en 81 y ahora estoy en 79. Eso me parece una razón válida para no alentar el consumo de alcohol.
Aparte de las razones físicas, que son aparentes, estoy intentando buscar más razones para no volver a beber, pero cuando me pregunto eso también me pregunto ¿tengo razones para beber? ¿hay alguna idea razonable que me impulse a consumir una cerveza o dos o tres o a beber cócteles o tomar ron como lo hacía antes?

viernes, 17 de marzo de 2017

La alegría de madrear


Hace un par de noches iba cruzando la calle 100 para llegar a mi casa cuando una camioneta grande, blanca, giró desde la carrera y avanzando se acercó hacia a mi. El conductor no se detuvo ni se dignó a reducir un poco la velocidad para permitirme cruzar la calle sino que me pitó y continuó avanzando. Me echó el carro encima y siguió como si nada. Yo, un simple peatón cruzando la calle en la noche lluviosa tuve que saltar para que la camioneta no me arrollara. Cuando alcancé el otro lado del andén me detuve, vi pasar el carro, y terminé de sentir cómo mi cuerpo era invadido por un sentimiento de amargura e impotencia. Una sensación que, como peatón, he sentido a menudo últimamente en Bogotá.
El carro siguió avanzando pero como había un pequeño trancón un poco más adelante tuvo que disminuir la velocidad. Ahí fue que yo vi mi oportunidad: salí a correr y me paré justo al lado del conductor de la camioneta, los transeúntes desprevenidos y los demás conductores de carros vieron interrumpidas sus rutinas de conducción y pensamiento por una sarta de improperios lanzados a voz en cuello por mí, “¡hijueputa!, ¿cree que porque tiene un carro es dueño de la vida de la gente? ¿acaso cree que porque tiene una malparida camioneta es dueña de la vía? ¿me mandó encima el hijueputa carro para venir a meterse más rápido en un hijueputa trancón?, !ojalá un día alguien como usted le eche el carro así igualito a uno de sus hijos!"


sábado, 4 de marzo de 2017

Miscelánea de asuntos del sábado: disculpas y absolución.

Yo tengo la extraña idea de que nadie me lee en Twitter. Desde que empecé con esta cuenta siempre he intentado guardar un bajo perfil, nunca me ha interesado mostrar mi rostro y tampoco ha sido mi objetivo crear un red de amigos. Lo único que yo quería cuando inventé a Lolo el Rolo era tener un espacio donde pudiera lanzar madrazos al mundo, expresar mis opiniones y hacerlo lejos de la mirada juzgona de mis conocidos, familiares y amigos. Comprendí a fuerza de golpes el riesgo que implicaba poner mis emociones en público y por eso decidí reservarme mi identidad. Muchos ahora saben quién soy pero hasta ahora –incluso en mis épocas de mayor tráfico y mayor movimiento— me he dedicado a escribir de lo que pienso y a contar historias sobre mi vida sin esperar a que alguien me las valide, ya que en serio pienso que nadie me lee y que no a muchos les importa lo que yo tenga que decir.

Sin embargo, como a veces lo que uno cree no es la realidad, me di cuenta de que alguien sí me leía. En un momento de soledad nocturno se me ocurrió poner un tweet en el que hablaba de dos personas. ¿Qué fue lo que me sucedió en ese instante? Un bache puro de melancolía y debilidad. Y luego alguna persona que me seguía vio el mensaje y decidió mencionar a una de las personas de las que yo hablaba y a su actual pareja. El tweet si hablaba de uno de ellos, pero no sobre el otro. Las dos personas mencionadas por mí no están (hasta donde sé)  relacionadas, pero la persona que los mencionó luego lo tomó así.

domingo, 1 de enero de 2017

2016: el año del cangrejo.

En Colombia se le llama “cangrejear” al acto de caminar para atrás. Uno “cangrejea” cuando vuelve con un ex o cuando se reencuentra con amantes del pasado, cuando hace cosas que había hecho antes y que, muy seguramente, no debería volver a hacer. Pues en ese sentido mi 2016 fue el año del cangrejeo, el año del cangrejo.
Desde el comienzo del año me dejé llevar por la fascinación del pasado y eso me trajo tanto cosas buenas como cosas no tan buenas. Lo primero que hice este año, después del éxito del 2015 fue regresar a continuar investigando sobre el barrio Santa Fe. Después de haberle otorgado a ese lugar y a Wilson Manríquez casi dos años enteros de investigación, entrevistas y recorridos y de haber publicado la crónica de la chaza y el chocho, volví allí. Esta vez volví con William, con Alejandro y con la Mona para seguir mirando. En 2016 hicimos recorridos fotográficos al amanecer, visitamos casas viejas, apartamentos nuevos, solares, tiendas, restaurantes, calles y –a pesar del cansancio– seguimos impulsados haciendo arte o algo que pensamos que se le parece mucho. En 2016 Alejo, William y yo revisitamos nuestra vieja relación de arte/negocios llamada Colectivo Herramientas Audiovisuales Pedagógicas y por eso desde finales del 2015 existe Sin Sala, el espacio en el que jugamos a ser artistas y gestores. Nada mejor que eso.

domingo, 25 de diciembre de 2016

Milagros

Ojalá hubiera algo que pudiera hacer, ojalá hubiera algo que pudiera decir. Ojalá pudiera calmar el dolor y la angustia, sellarte de la soledad, del desconsuelo, del desamparo. Ojalá pudiera estar allá, darte un abrazo, decirte que te quiero, que no entiendo que fue lo que sucedió, que no comprendo por qué nuestras oraciones no sirvieron ni por qué dios tenía un plan diferente.


domingo, 30 de octubre de 2016

La muerte de Elvira


Elvira, Mario, Rosa y Carlos.
Hoy, al medio día fuimos a almorzar con Betty, una cuñada de mi abuela, viuda de Augusto, uno de sus hermanos. Betty es uno de esos personajes que, junto con sus hijos y nietos, ha estado presente en toda nuestra vida familiar en Bogotá y en el Valle. Desde que recuerdo, Betty, Claudia y Guillermo nos han acompañado y han hecho parte de navidades, bodas, bautizos y cumpleaños. Durante el almuerzo mi mamá y Betty conversaban de lo usual, sobre las viejas amistades, la familia extendida, viajes, las primas, los hijos de ellas y sus nietos, pero en un momento la conversación llegó a un punto que me interesaba: la tía Elvira. 
Elvira Correa era una de las hermanas de mi abuela y una de las personas más importantes durante mi infancia. Cuando estábamos pequeños mis papás solían mandarnos a mi hermano y a mi a pasar vacaciones en su casa en Tuluá. Ella siempre nos quiso mucho y nos consentía y se encargaba de nosotros como si fuéramos sus propios nietos.
Elvira murió en 2004, lo recuerdo claro porque eso pasó cuando regresé de Inglaterra. Mi mamá me contó que había muerto después de hacer una llamada de teléfono o durante un almuerzo y recuerdo que me dolió porque no pude hacer más acerca de eso. No pude llamarla, ni conversar con ella, ni despedirme porque ella simplemente ya no estaba y nadie sabía que para mí era algo importante.
–¿De qué murió Elvira? le pregunté a Betty.

martes, 11 de octubre de 2016

Mi reflexión sobre el #DíaInternacionalParaSalirdelClóset


Hoy se celebra el Coming Out Day o el Día para salir del closet. Este día tiene como objetivo, entre otros, tomar conciencia sobre la importancia de hablar abiertamente sobre la homosexualidad de uno. Sin embargo, creo que es necesario pensar el closet y preguntarse qué implica estar en él o salir de él.
El closet ha sido encasillado como un lugar frío y oscuro –contrario a la tierra del arcoíris, donde corren efebos desnudos y se escucha a Madonna y a Britney Spears, donde para entrar hay que vestirse de marca y pagar cover a la entrada– y en el que se han quedado metidas las personas que no son capaces de admitir su orientación sexual diversa. Salir del closet se ha convertido en un acto de valentía. A aquellos que se han quedado en el closet se les ha puesto la etiqueta de cobardes e incluso de ser falsos, de no reconocerse y no valorarse si mismos ante las demás personas.
Salir del closet no es algo fácil. Para muchas personas reconocer abiertamente ante la familia, los amigos, los compañeros de trabajo o el público en general que se es gay o lesbiana, o trans u otros, les lleva años de concienzudo cuestionamiento. Algunas personas no le hallan el verdadero beneficio y se quedan en él. Así mismo también hay personas para quienes es mejor estar afuera del closet porque les trae beneficios, posibilidades y privilegios, e incluso se sienten más genuinos y más fieles a sí mismos (ya sea porque encuentran sus verdaderos amigos, se sienten libres o también conozco el caso de varias ciudades en Colombia donde para triunfar en  las artes hay que ser gay).

viernes, 16 de septiembre de 2016

Miscelánea de asuntos del jueves: anxiety attack and fog

1. Iba en el Transmilenio de pie en el jacuzzi el jueves, cuando justo al frente de mi se paró un tipo de unos 43 años vestido con uno de esos trajes como del renacimiento español. Quedé tan asombrado con la pinta del tipo que no podía aguantarme de la risa. Seguí mirando el celular, haciéndome el bobo pero el tipo me miró, llamó mi atención y me preguntó si ese bus paraba en la 100. Tuve que respirar profundo y aguantarme la bobada para responderle. El señor iba todo completo vestido de terciopelo negro como Don Quijote.
2. Ahora viajo seguido en Transmilenio porque como soy profe de universidad me toca hacerme los viajados de ida y vuelta cuatro días por semana. El miércoles el tráfico se puso imposible por alguna razón que nunca supe, la lluvia y los bogotanos tal vez,  y el bus en el que iba se quedó quieto detenido una hora completa en frente de la estación de la 127. Llegué a las 8 a la reunión que tenia a las 6:30. Antes de llegar a mi cita y mientras esperaba a que cambiara el semáforo en la Caracas, un Transmilenio pasó a toda velocidad y me emparamó completo. Luego, mientras esperaba a que cambiara el semáforo en la carrera 13 con 59, un tipo que venia caminando se quitó la camisa y me ofreció un cinturón blanco que tenía en la mano. Me pidió que lo azotara. Me reí de nuevo –porque el emparamón del bus me causó también risa y ahí si me pude reír–, y cuando rechacé la oferta del señor descamisado él empezó a gritar “¿quien quiere tener el placer de golpearme?”.
3. Juan me detesta. Why can't I be like any other regular person? Why can't he just be perfect? Why is everything, relationship wise, becoming so difficult? Why is it so challenging for me just to be happy? Why am I feeling always so anxious and upset?
4. Fui a caminar al cementerio en la tarde en mi hora de almuerzo porque me sentía mal. Estaba teniendo un ataque de ansiedad porque se me ocurrió preguntarle a una compañera alguna cosa y ¡OH sorpresa!: I'm behind on class schedule yet again because I decided to do the project activity and that took like one extra class. Después de la conversación empecé a pensar en el calendario y en las horas y en la actividad inútil que había decidido hacer y qué ya no lo podía cambiar y en que otra vez me voy a quedar atrasado y que mis alumnos me van a linchar y que aún tenía que subir notas y se me cerró el pecho y tuve muchas ganas de llorar y me puse frío y las manos se me pusieron heladas. Me sentí sobrecogido  y por eso me fui al cementerio. Hacía mucho frío, se veía el horizonte como en la película de Cumbres borrascosas cuando Katherine y Hithcleaff se mandaban a las cumbres como alma que lleva el diablo y se veía todo gris, solo que en vez de rocas aquí había muchas, muchas, tumbas de fondo y luego lloviznó y no vi nada interesante, solo una pareja desesperada buscando una lápida sin saber el nombre del muerto para ponerle unas flores y toda la tarde fue una mierda.
5. Y cuando se acabó mi última inútil clase me fui para la casa. Y no se me pasó la ansiedad aunque el viaje fue más tranquilo. Y un señor con la piel tostada y ojos verdes, vestido con un traje ridículo de terciopelo negro, con la camisa blanca y las mangas abombadas y las mangas llenas de borlas y unas botas de cuero con arabescos me habló para preguntarme si el bus paraba en la 100. Yo consulté la aplicación del celular y le dije que no, y el señor se despidió y se bajó al rato.
6. La ruta G11 para en la calle 106, en la calle 85 y en la Escuela Militar.


domingo, 4 de septiembre de 2016

La muerta Jorge (actividad onírica)


Juan habla dormido. En algunas de las noches que he pasado a su lado sus palabras me han despertado y he terminado respondiendo preguntas o accediendo a requerimientos que, en sueños, le hace a la noche.
–Soy la persona con mayor cantidad de actividad onírica que conozco –me dijo cuando le reclamé por despertarme–, todas las noches hablo dormido, sueño y recuerdo lo que hay en las imágenes en mi cabeza.
Una noche aquí en Bogotá, cuando fui a verlo en casa de sus amigos Antonio y Alberto, me contó que había soñado con la muerta Jorge. Yo no sabía a quién se refería ni quién era Jorge, no sabía si en serio estaba muerta, ni por qué si se llamaba Jorge le decían “la muerta”.
–Yo lo vi claritíco –me contó estábamos como saliendo para una rumba y él me dijo que era una jartera que no podía ir a rumbear con nosotros porque estaba muerta, ¡hijueputa vida!
Antonio y Alberto son dos de los mejores amigos de Juan y cada vez que viene a Bogotá se queda en su casa, viven en el centro cerca de la Biblioteca Nacional. Los dos han estado unidos por más de diez años y a pesar de los altos y bajos de la vida se han mantenido juntos, son antes que todo una familia. Los entonces adolescentes se conocieron mientras Antonio paseaba en Villavo hace un poco más de diez años. Al final del paseo Antonio se vino para Bogotá con Alberto y desde ese momento han sido inseparables. Los dos aman la misma música, comparten deudas y negocios, fuman los mismos cigarrillos y son parte el uno del otro de todas sus eternas anécdotas. Juan me contó que Jorge vivió con Antonio y Alberto por varios años.
Cuando Juan habló de "la muerta" la pareja estalló en risas. Eso tampoco lo entendí pero sí leí en sus rostros que el alboroto venía porque Jorge había sido para ellos alguien muy importante. Alberto se sentó derecho en el sofá con el cuerpo hacia Antonio pero mirando a Juan y sin que yo se lo hubiera pedido comenzó a narrar con su voz metálica la historia de la muerta.

martes, 30 de agosto de 2016

Amor eterno e inolvidable (temor a la muerte)

Se murió Juan Gabriel hace dos días y como alarmas en la mañana, se encendieron sus canciones. Desde ese día se han repetido en la radio y en las redes sociales las canciones del cantante mexicano como recordatorio y despedida. En mi cabeza suena Amor eterno una y otra vez.

Tengo desde hace dos días también pegada en mi mente un relato de Pedro Lemebel. Mientras el mexicano canta, el chileno narra un lamento navideño lleno de soledad y de tristeza. Anoche busqué ese texto en Google y al releerlo comprendí porque suenan los dos al tiempo en mi cabeza: la madre. Juan Gabriel compuso Amor eterno en 1974, inspirado por la muerte de su mamá, noticia que recibió mientras estaba de gira en Acapulco. Lemebel escribió La navidad... Sin mami para el periódico La Nación y fue publicado el 24 de diciembre de 2006. El texto fue inspirado por la muerte de la madre del escritor en  vísperas a la navidad unos años antes.

La canción y el relato hablan de la falta y del vacío de la persona más importante de sus vidas. Los dos escriben de una manera desgarradora la melancolía vital que les produjo la muerte e incluso, Lemebel cuenta que desde ese 24 de diciembre no ha logrado volver a soportar las fiestas. Los dos ponen de manifiesto un miedo que nos acompaña a todos de manera constante y que, al final, todos tendremos que afrontar. Todos nos vamos a morir, nuestras madres han muerto o se van a morir -esperemos que no pronto-. Eso es un hecho y tanto la canción como el relato nos lo recuerdan. Pero también nos recuerdan que de la tristeza y el vacío surgen las palabras, los recuerdos y tal vez, algunas de las composiciones y los textos más hermosos que hemos leído o escuchado.

Sea esta la ocasión para recordar a la Abuela Aura y a la tía Negra y a Clarita, quienes ya partieron y también para recordar a mi mamá, a todas mis tías y a mi abuela Rosa, quienes afortunadamente aún nos acompañan. También para agradecer y recordar a Juan Gabriel y Lemebel, quienes nos dejaron su vida y su pasión en letras: